Tiene un sentido del humor de color negro. Será que Galicia está en su modo de mirar el mundo. Por algo aquí se encuentra su raíz. En Lemos nació su padre, mucho antes de que la igualdad jurídica sortease un abismo entre el hombre y la mujer. Ha ejercido el periodismo en varios frentes y la literatura en libros como La soledad de la reina, un relato biográfico no autorizado sobre la reina consorte. «Menos mal que las intelectuales sois una excepción, porque si todas las mujeres fueran como tú habría que pegarse un tiro». Eso cuenta Pilar Eyre que le dijo Manzanita en una entrevista en los sesenta. Corrían otros tiempos, en los que el general Franco se asomaba vivo al palacio de Oriente. Eran jóvenes entonces Amparo Muñoz, Carmen Martínez-Bordiú e Isabel Preysler, que llegó a España en 1968 dispuesta a encontrar marido. Y Marisol era la novia de un país que muchos se resistían a dejar al desnudo. La reina de la casa sobre la que hoy escribe Eyre no tiene título. Es esa mujer real de dudoso reinado. La señora o señorita que visitaba en tiempos la Zarzuela solo de revista, mientras sobrevivía al sexismo de una sociedad que no condenaba el maltrato. «Soy un machista. No me gusta que mi mujer hable con hombres. Quiero que esté en casa fregando los platos y cuidando a mis hijos», disparaba Manzanita a una joven Pilar Eyre. La autora dirige La reina de la casa a lectores de toda edad y condición. A mujeres y a hombres. «Un amigo mío dice que se ha visto identificado en muchas cosas del libro», afirma la que fue periodista yeyé: desde los días de misa con los padres hasta el recuerdo de mitos como el capitán Trueno. «El hombre de aquellos años [de la posguerra a la transición] era un ejemplar que debía cumplir con las recias virtudes de la raza. Un papel triste. Por eso yo no considero que los hombres fuesen los culpables del papel que tenían entonces las mujeres, de las que se decía «pata quebrada y en casa». Ellos también eran víctimas de un sistema, de un estado de cosas».
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| Crónica en clave de humor (negro) de la España anterior a la Transición |
-¿Cómo es eso de mujer, pata quebrada y en casa?
-Fue incluso un título provisional de este libro. Los tratados de sexualidad, el catecismo, todo en la España de posguerra iba dirigido a confinar en casa a la mujer. Se le pedía que fuese mitad soldado, mitad monja y que tuviese muchos hijos, pero de dónde venían… ¡a saber! Era una España trágica, triste, en la que reíamos por no llorar. El humor y la ternura, que yo he tratado de poner en este libro, son necesarios. Las mujeres tenemos que reírnos mucho de nosotras mismas. Y muchísimo de los hombres.
-¿Es cierto que la liberación de la mujer no ha sido para tanto?
-El papel del hombre no ha cambiado demasiado. La mujer está ahora más preparada y tiene más opciones, pero es a costa de sobrecargarse. El mundo de las mujeres nunca ha sido fácil.
-¿Lo ponen más difícil otras mujeres, exigiendo a otras el sobreesfuerzo que han tenido que hacer ellas?
-A veces, la propia mujer es el peor enemigo de la mujer. Solo hay cinco mujeres en la Real Academia Española. Eso es así en parte porque las dos primeras académicas de la lengua vetaban la entrada de otras mujeres en la institución.
-¿Es posible ser la reina de la casa y defenderse en el mundo exterior?
-Nosotras tenemos un techo de cristal que es la maternidad. Es así, en los primeros años todo se complica, se dispone de menos tiempo para viajar y para echarle horas al trabajo. Yo he llevado siempre un actividad incesante y tengo un hijo. He tenido que hacer muchos malabares y el trabajo me ha costado el matrimonio. Las mujeres debemos sacrificar siempre una parte, y esa parte suele ser la social.
-El hombre sigue siendo el modelo. ¿Con qué tipo nos quedamos hoy?
-El hombre está acostumbrado a tomar la iniciativa. Las mujeres con demasiado arrojo aún dan miedo a los hombres. Por ejemplo, Massiel, una mujer con iniciativa [citada en La reina de la casa], se lamentaba: «¡Solo les gusto a los hombres que no me gustan a mí!». El hombre sensible tuvo su momento. Pero hoy no nos gustan los hombres afeminados, amanerados. Sensibles, sí, pero entendiendo por sensibilidad inteligencia, no debilidad. La verdad es que aún tiene fuerza el arquetipo del hombre de las cavernas.
-¿Cómo fue que a usted llegaron a compararla con Franco?
-[Risas] Sí, fue Luis Miguel Dominguín, que insistía en convencerme de que Franco era un hombre fantástico y muy gracioso. «Tiene un sentido del humor parecido al tuyo, y ahora que te miro…, hasta os parecéis un poco», me dijo. Habíamos tomado un par de whiskis.
-Con algunos de esos ejemplares se encontró usted como entrevistadora, como periodista yeyé...
-Sí [risas]. Así me llamaban las folclóricas mayores. Yo además lucho contra una mentira, la imagen de Concha como la chica yeyé. Ella ha acaparado esa palabra que para nosotros representaban los Beatles, Sylvie Vartan o, aquí, grupos como Los Brincos.
-En los tiempos en que mandaba Franco, debía mandar también la hipocresía, ¿o no?
-Hay un capítulo de La reina de la casa dedicado a eso, El revés de la trama. En aquella España de sacristía y tentetieso que veneraba a la mujer frígida y el hombre rudo había bastante hipocresía. La aristocracia franquista tenía vicios deshonrosos. Una era la España que se veía, y otra, aquella invisible de la que nadie hablaba [en este libro… intimidad de las alcobas]
-¿Cómo sobrevivieron?, ¿cómo es posible recordar con humor y ternura aquella época?
-La verdad es que las mujeres de mi generación hemos hecho un esfuerzo inmenso para sobrevivir. Solo con humor se pueden sobrellevar ciertas cosas. El otro día recordaba con Paloma Barrientos el entusiasmo que teníamos entonces nosotras (“en la vida hermanos, en la noticia gitanos”, y disculpa la expresión). La juventud se echa a faltar. Todos tenemos una etapa cumbre. La mía transcurrió en Interviú [algunas citas, extractos y anécdotas de las entrevistas que hizo entonces Pilar Eyre son parte de su crónica La reina de la casa]
-¿Tiene el buen concepto de Isabel Preysler que se percibe en el libro?
-Es una persona que tiene un revés de la trama positivo que apenas se conoce. Es una persona generosa y coherente. Sé que ha hecho favores a varios periodistas. Mujeres veinte años después [de Eyre] se convirtió en un éxito gracias a la presencia desinteresada de Isabel Preysler en la presentación. Es algo que yo no he olvidado nunca.

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