viernes, 8 de marzo de 2019

Venga, hombre

Hay que ser muy hombre para soportar la belleza, dice Antonio Gamoneda. Es una gran sublevación poética. Cuando la carrera electoral aprieta, solo la poesía es quien de hacer justicia en la conciencia. El 8M no enfrenta a tu hijo y a tu hija, dos Españas por la brecha, sino sus desigualdades. ¿Te enteras? Que este 8 sea una revisión infinita del sistema, una jornada de reflexión de la política en casa. ¿Ejerces coliderazgo en el hogar, delegas, tienes equipo... tragas o pagas, estás en paridad en cuanto a horas o sientes que no cumple tu pareja? Lo hemos visto con alguna mujer, aspira a presidenta y se ahoga en la conjura de los necios del sistema. Con ese manchón de aceite no corre el agua... Lo dice más de un hombre en broma: "Los de hoy cogimos mala época". No lo dirán por la brecha salarial... Las frases de la zona de confort para el machismo se pavonean; «No te hagas la víctima, mujer, de qué te quejas?». Parece que el mérito va de ser la más pringada, ¿nos llevaremos siempre la medalla al sobreesfuerzo? Lo ha advertido por activa y sin pasivas Laura Baena: las mujeres se han incorporado al mercado laboral, ¿y los hombres a la casa? A muchos aún se les espera, o ven la fontanería mental de la crianza desde la barrera. En este virus del machismo hay cepas, grados de miopía, necedad, torpeza, privilegios e instintos enquistados. No, hombre, no!, el feminismo no te llevará a la cámara de gas; claro que no, no todas las mujeres somos buenas. Solo... hazle un chequeo a tus ideas. Qué dices de Isabel Rábago, ¿valiente o cateta? Hay que ser muy hombre en el sentido integral de la palabra para apreciar los trabajos invisibles que no cuentan en el PIB pero sí en la mochila que el modelo años 50 dejó en herencia. Y querer frenar esa inercia. Hay que ser muy hombre para bajarse el sueldo, como el gran Berto Romero. Necesitamos hombres,
hombres en este otro plan, el mundo que aún sostienen las mujeres podrá cambiar de la mano de mujeres más libres y de hombres como estos.

miércoles, 3 de febrero de 2016

"Los padres perfectos son de mentira"

Carles Capdevila: «Los padres perfectos son de mentira»


La guerra Estivill-Carlos González es ya historia. Dos sentidos, el común y el del humor, se alían para echarnos un cable en la vida real: «Hay que divertirse educando. Es cierto que en mi casa no nos divertimos siempre. Por la mañana hay una mala leche terrible y salta la tostadora... Pero hay que ser positivo», afirma este padre de cuatro hijos que dice que nada cura tanto como los besos de mamá.







sábado, 4 de abril de 2015

Golpe a la quiromancia, por Oscar Wilde









Escena de "A Good Woman", basada en
"El abanico de Lady Windermere"
No esperen más sorpresa que la acostumbrada con Wilde. Es decir, no pequeña sorpresa. Con el maestro de la ironía viajamos de vuelta a uno de esos salones en los que el XIX vip distraía horas y temores agitando rumores en un relato que recupera Acantilado con el mimo editorial que le distingue. 
Breve, intenso, no exento de lúdica perversión, es el placer de estas 77 páginas, en las que asistirá, lector, a la última recepción antes de Pascua de lady Windermere, una belleza Wilde en la que lo cortés no quita lo valiente, o el aura angelical la propensión al pecado. Tal es la combinación ganadora del juego de Wilde, que apuesta al humor negro y gana. Lucidez en el juicio y una sensibilidad exquisita urden un sarcasmo delicatesen, cuyo sabor retiene con gusto el paladar contemporáneo. «Las cosas interesantes nunca son adecuadas», advierte Wilde, que pone en manos de un quiromante vulgar la suerte de esta singular intriga palaciega.
¿Se han mirado la línea de la vida?, ¿qué suerte está echada en la palma de su mano? Miren, lean estas líneas escritas por Wilde sobre Lord Savile y verán que no hay trampa mayor que la que uno se tiende a sí mismo. Y esto... también está escrito. 





Publicado en Fugas el 3 de abril del 2015
http://www.lavozdegalicia.es/noticia/fugas/2015/04/01/golpe-quiromancia-oscar-wilde/00031427900125604591301.htm                                                

El crimen de Lord Arthur Saville.
Oscar Wilde. Relatos.
Acantilado.
Traducción de Javier Fernández de Castro.
77 páginas. 10 euros

miércoles, 1 de abril de 2015

Milena, el hada que no quiere crecer

Maravillosa Milena Busquets

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/yes/2015/02/28/quiero-me-quieran-quiero-me-quieran/00031427384397706867859.htm


 Ha sido no un honor ni un placer. Un amor entrevistar a Milena Busquets, escritora, bum en Fráncfort, hija de la editora Esther Tusquets para YES. No diría yo mejor que leer su novela También esto pasará, que devoré en tres bocados y me ayudó como un abrazo cómplice en la  experiencia de la pérdida.
Hay palabras que encienden una luz en lo oscuro, no sé si nos permiten avanzar pero sí nos dejan vernos las manos. Y no están tan vacías como se creen cuando se sueltan de mamá para empezar a cruzar la vida no solas, pero sí de otra manera. Como si descubriésemos de pronto los semáforos en rojo o el sentido de la palabra peatón.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Spiderwomen, mujeres en el mundo real

Nunca me he sentido una Superwoman, esa heroína de ficción que sin saber cómo a veces entra en nosotros por un ojo o un oído, nos vende su película y se apodera del sentido de la realidad de una mujer. No digáis que no, algo nos pesa lo que esperan de nosotras, lo que ellos piensan, la autoexigencia, ese afán por estar a la ¿altura? de un mundo diseñado y mantenido con denuedo con arreglo a otro patrón. Creo en las mujeres normales, que hacen lo extraordinario por poder, por poder y por seguir queriendo pese a todo; por no tener que renunciar a su trabajo fuera, a su momento en casa, a lo dulce por lo crudo, a la pasión por la sobria realidad, a todo por sus hijos, a sí mismas por completo. Creo en el sacrificio y el esfuerzo solo si hay sentido y esperanza, en lo que tú me dices si hay crítica, en esa forma en que te ríes cuando lloras, en lo que piensas si cambias de parecer y no siempre eres consecuente, en la continuidad con el horizonte de un cambio. Si no, qué? Creo en lo humano. Creo en la mujer humana, real, ¿cree ella en mí? Quizá no, con un a veces sería suficiente... Tengo, como todos, modelos, imitables o lejanos como una constelación que se pierde en la utopía. Pero puesta a elegir uno de ficción, o más bien de fantasía, me quedo con Spiderwoman. La mujer atrapada en el mundo real, en este en el que ellas, nosotras, tú, deben, debemos, debes, trabajar hasta 79 días más al año para cobrar lo mismo o recurrir a otros, generalmente otras mujeres (mamá, abuela, tía, tía abuela, consorte... y demás), para no morir en el intento de conciliar. De esa heroína que se pinta las ojeras... a veces, que sobrevive con café, terapias alternativas e ironía salvaje, pero no siempre está de humor y no lo oculta, habla Sonsoles Ónega en su novela "Nosotras que lo quisimos todo". Lo queremos todo, dice ella. Es un presente continuo agotador. Pero mejor que todo lo que deja atrás. Estamos vivas. Luego somos.

Dejo aquí la entrevista a Sonsoles que publicamos en YES, agradecida por su naturalidad, su sentido del humor y su dejarme entrar a saco en su experiencia como muje+madre+periodista+escritora que confía en un mundo mejor. Y pelea por él. Y a veces muere en el intento... para empezar otra vez






viernes, 23 de enero de 2015

Homenaje al primer amor

Milena Busquets escribe una carta de amor
a su madre, la editora Esther Tusquets
MILENA BUSQUETS SE HA CONVERTIDO EN EL BUM DE LA FERIA DEL LIBRO DE FRÁNCFORT CON  ESTE AULLIDO SOBRECOGEDOR TRAS LA PÉRDIDA DE SU MADRE, LA EDITORA ESTHER TUSQUETS. AQUÍ RESPIRA LA INFANCIA, LA MADRE PERDIDA, LA VIDA PÓSTUMA DEL PRIMER GRAN AMOR.

Hay que dar las gracias a Milena Busquets (Barcelona, 1972). Por la naturalidad y la confianza. Por el íntimo retrato de su madre, Esther Tusquets, que comparte en También esto pasará. La que ha conquistado Fráncfort y rebasado fronteras es una historia viva. Respira como nosotros, sin dar demasiada importancia a ese ejercicio.
Hecha de emociones comunes y palabras sencillas, de personas que desean, aman, pierden y se pierden pero quieren vivir, el libro es un homenaje que enseña la cara lavada de la pérdida, un sentimiento que revienta las vías cotidianas de la existencia. Milena Busquets se atreve a procurar la ligereza en la gravedad de un funeral y evoca en su acierto la extraordinaria Mamá de Joyce Carol Oates («Ligera como una pluma, así quiero que sea mi alma»). Busquets dinamita el aura de escritor para dejarnos en los dedos polvo de hada.
Con un aire a La lección de anatomía, de Marta Sanz, Busquets nos pone a volar a ras de tierra, sobre el Cadaqués de su infancia, envueltos en una machadiana luz azul que
contrasta con la noche interior de una huérfana.
 La protagonista, Blanca, es una niña de 40 que desnuda su vida, y a toda una generación, en la despedida del primer amor: «Me observaste enamorarme y desenamorarme, romperme la crisma y
volver a ponerme en pie [...] En parte consciente, supongo, de que el amor de mi vida eras tú y de que ningún otro amor huracanado podría con el tuyo. Después de todo, amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores pueden ser solo una réplica del primer amor. Te debo, pues, todos mis amores posteriores, incluido el amor salvaje y ciego que siento por mis hijos». ¿Demasiado amor? ¿Puede estar de más? En este caso se concentra en la página 77, y sorprende como encontrarse un anillo en la lavadora. El sexo, consuelo provisional, una pulsión vital inoportuna, da la cara en
estas páginas donde vida y muerte se miden sin fórmulas de cortesía. En También esto pasará oímos un aullido familiar, el miedo a la ausencia y a la provisionalidad, y vemos a una mujer única real en los ojos de su hija. La de Milena Busquets es una inocencia que madura en su conocimiento. Pies en la tierra, mira arriba, como Emma Stone en Birdman. Gracias por el sentido de la realidad. Y por la magia.

Publicado en Fugas, 23 de enero del 2015

jueves, 15 de enero de 2015

El deseo es un puente

Me escuchas?
Cuándo vas a recoger tus cosas?
Tú me entiendes?
Me oyes cuando me callo?
Me quieres?

Solo pido que te cuiden,
dijiste haciendo otra pregunta,
porque yo no voy a poder.


Estoy bien, dije temblando, y me enfadé contigo por hacerse tarde,
por el ratón que se coló dentro de mí. 


Esta es mi vida, decías cuando ibas a morir. 

El tiempo te arqueó la espalda y te hiciste puente. Siempre sabías qué hacer con el dolor.
El puente se rompió entre dos islas furiosas, anegadas de sí mismas. Pero tú sonreías pese a todo, de una forma que no puede contarse. 

El deseo es un puente que no acaba. La voluntad de la alegría protege la tristeza de las cosas que no pueden cambiar. 

Te escucho, pido que me cuiden,
porque yo no voy a poder.







Lo veis? Aquí hubo un puente
donde ahora no hay nada.
Quizá un deseo
ahogado entre dos islas
cuyo cuerpo 

                seguimos 
                              buscando

martes, 13 de enero de 2015

Ana María Matute, el bosque eterno


Matute murió sin acabar este libro
ANA ABELENDA | Ana María Matute (Barcelona, 1925-2014) hablaba como escribía, con las manos, tomando las medidas del silencio esencial que exprime la gran literatura. De esta niña que tuvo el mal gusto de crecer, como ella dijo una vez, es el reino de la infancia, un bosque en el que perderse para encontrar la libertad, un mundo propio. Al suyo vuelve el lector de estos Demonios familiares que dejó al despedirse. Encogidos de extrañeza y asombro, niños como ella, concluimos este viaje sin final que se interrumpe como un sueño ante la mordida de la realidad. La vida de Ana María Matute acabó antes que su obra. Por eso la historia de Eva, una adolescente en la que el estallido de la guerra civil detona un hondo conflicto interior, queda suspendida en el misterio,
brillando como una luciérnaga en la noche de un desván. Malabarista de contrastes, Eva hereda un silencio familiar largo y pesado como un estigma de género, que la autora consigue traducir a palabras. El desván y la luciérnaga tienen, como el bosque, gran fuerza simbólica en la obra póstuma de Matute, una encrucijada existencial en la que aquilatar el peso de los fantasmas familiares, la soledad o el sentimiento de culpa tras el incendio de un amor prohibido. El brillo de la mirada de Matute sobre los miedos íntimos se aviva con el aire húmedo de lo que se oculta en casa, en un hogar de adultos en el que solo es posible crecer feliz aferrándose a ese otro hogar secreto que el corazón se construye de niño. Para que las piedras de la vida no amortigüen su latido.

Publicado en Fugas el 9 de enero de 2015


EL INTENSO CALOR DE LA LUNA

LA EDAD MÁS VOLUPTUOSA DE UNA MUJER
A. A. | ¿No sienten en ocasiones un temblor bajo los pies? «Todo lo que nos parece seguro y sólido puede desaparecer en un instante», advierte en su última novela Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 1948). Vital, ardiente, vigorosa como una mujer que defiende su diferencia, que no pide permiso para mostrarse como es, El intenso calor de la luna ofrece una alternativa literaria a las sagas eróticas del escaparate. Esta es la metamorfosis de Emma, una mujer de 48 años en un mundo aparentemente seguro y feliz que arranca el relato de un cambio. Emma  conduce su coche y su vida con tiento. Va mirándose por dentro, examinando los primeros indicios del supuesto «fin de su feminidad». Rompiendo tabúes, pudores y miedos más o menos velados, Belli recurre a la fantasía para visibilizar el erotismo en la madurez, la llama viva de una feminidad que se transforma con la edad.  A los finales les suceden los principios, aventura Belli, que escribe ciclo menstrual sin miedo a manchar el papel y MENOPAUSIA con las mayúsculas que se le deben. En El intenso calor de la luna la autora de Escándalo de miel vuelve a dar toda su voz a una mujer.  Y es el alma de su cuerpo la que habla, como un fuego en intensa comunión con el resto de la naturaleza.

Publicado en Fugas el 9 de enero de 2015

jueves, 8 de enero de 2015

La felicidad, según Yasmina Reza

Cito, en voz alta y para dentro, como una oración: «Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor. / Felices los felices». Con el Evangelio apócrifo de Borges y Yasmina Reza cerré el 2014, un año que llovió sobre mí copiosamente libros breves e intensos, como este Felices los felices de la autora que nos llevó en unas páginas de la democracia de la alegría de lo necesario de Spinoza al pesimismo profundo de Schopenhauer. Me digo que es curioso que empiece el 2015 leyendo a Milena Busquets, pues fue ella, la hija de Esther Tusquets, vieja dama indigna, quien tradujo al español En el trineo de Shopenhauer, la obra que me invitó a no perder el rastro de Yasmina Reza. Con el año nuevo he pasado página, estoy en También esto pasará, la segunda novela de Milena, un cálido paisaje recuperado en el que los instintos se convierten en palabras en memoria de la madre perdida. La pérdida, una hormigueo acuciante en las manos, la sensación de que la vida cae como el agua entre los dedos, habita también con su atmósfera extraña, como de mercurio, Felices los felices, obra en la que Yasmina Reza, esa Sartre al destape del infierno interior, invita a la aceptación de la vida, imperfecta y provisional, pero insoportable sin amor. Por más que Yasmina Reza y nuestra voluntad pretendan lo contrario.

A continuación la reseña publicada en Fugas sobre el libro el pasado día 2 de enero


LA FELICIDAD ENTRE LÍNEAS


ANA ABELENDA | «Dos seres viven juntos y su imaginación se aleja de modo cada vez más definitivo», advierte Yasmina Reza en Felices los felices. Premio Le Monde, en este solo que va mudando en su función de nombre, voz, aspecto y circunstancias, la autora de Arte nos arroja a la tela de araña que forman las relaciones cotidianas de pareja, bien sujetas al silencio compartido y a las paredes de la rutina ante el abismo del tiempo que fluye, a veces con esfuerzo. ¿Y el yo? A la deriva en la corriente de los días. Pero Reza atrapa su desazón, el destello de un sueño, los peces viscosos de las sensaciones más molestas del hombre y la mujer de hoy. Mordaz e implacablemente realista, la autora hurga en las heridas del estado del bienestar y la soledad compartida; captura en instantáneas lo efímero, sombras de la conciencia, temores y deseos superfluos y lo que más interesados estamos en dejar correr: la frivolidad humana, la discusión por un queso en la cola del súper, la espera en un oncológico, palabras torpes que decimos o escribimos por despecho, la íntima necesidad de posesión de otras personas o la percepción de las propias debilidades. Yasmina Reza entra en casa para descolgar las fotos de familia y mostrar los agujeros que han dejado en la pared; caries de una sonrisa que quizá alguna vez fue completamente blanca. Pero qué importa. Sonrían. La felicidad sabe leer entre líneas.

(Entrevista a la autora en El País:
http://elpais.com/elpais/2014/07/18/eps/1405694412_102601.html)

lunes, 15 de septiembre de 2014

Las vidas que tenemos por delante



 Sobre Las mil y una historias de A. J. Fikry, de Gabrielle Zevin, publicado en Fugas el viernes día 12
 
ANA ABELENDA | El azar mueve a veces con tanta gracia los hilos de nuestras vidas que parece querer decirnos algo coherente. Los porqués se nos resisten pero ahí siguen las preguntas, con sus signos-orejas aguzando el oído. Hay libros que no leemos por casualidad, que leen tanto en lo que somos o nos abren los ojos de tal manera que diríamos que han sido escritos en especial para nosotros. ¡O por un álter ego superior! De esos guiños que a veces nos hace la literatura, de la relación de necesidad que establecemos con nuestros libros favoritos habla Gabrielle Zevin (Nueva York, 1977) en su nueva novela, la séptima de una escritora que debutó a los 14, cuando se ganó un empleo en un periódico local con una carta protesta sobre un concierto de los Guns N’ Roses. En la crítica también se forja un escritor. Pero fuera acidez. Las mil y una historias de A. J. Fikry —reverencia a Sherezade— es un elogio, un homenaje a las lecturas a las que se debe un escritor. Por si acaso, la autora se cuida de advertir al final que los gustos de A. J. Fikry, el librero cascarrabias con corazón que abre la persiana de esta historia, no son los suyos. Pero será fácil para el lector coincidir con él en algunas de sus preferencias, como Un hombre bueno es difícil de encontrar, de la gran Flannery O’Connor, y sentir curiosidad por otras que aún se le escapan.
La autora Gabrielle Zevin
Una prosa sencilla, dulce, viajera de distancias cortas por mar, nos cuenta este relato en diálogo con otros, una historia de historias que se heredan. El hilo entre ellas es el amor por la literatura, un apego vital a la palabra escrita. Un título célebre, brevemente comentado para una niña, abre cada uno de los 13 capítulos de la novela. Roald Dahl, Poe, Mark Twain, Scott Fitzerald, Raymond Carver o J. D. Salinger guían a Zevin, y al lector, en este viaje literario que cura la soledad. Una niña, Maya, enseña a ser padre a un viudo, A. J. Fikry, dueño de la librería Island Books. Y él le descubre a ella su vocación: «El día en que mi padre me estrechó la mano supe que era escritora». Es una niña que vive entre libros. Literalmente. Ellos la salvan y la unen a otras personas. Y nos recuerdan todo lo que nos queda por leer. Las vidas que tenemos por delante.

domingo, 7 de septiembre de 2014

¿Madre perfecta o mujer real?


Nunca he sido una mujer demasiado aventurera ni una gran lectora de thrillers. Bieeen, ¡lo he dicho! Me siento casi como una Paula Daly haciendo revelar a su personaje: "Sí, siento envidia de esa mujer, me cambiaría por ella".
Hay verdades que duele tanto confesar que preferiríamos trabajarnos la mentira. Hasta créernosla. De verdades amordazadas y mentiras cochinas sabe un rato el que han etiquetado como el thriller doméstico del año. Hasta se han aventurado a hacerle el compuesto femicrimen, ¿para que la novela no se quede compuesta y sin subgénero? Es posible que ¿Y tú qué clase de madre eres?, esa pregunta que se las trae, esté especialmente dirigido a mujeres, de hecho su autora así lo ha señalado, o que centre la intriga en lo que a menudo suele concernir todavía más especialmente, si no solo, a las mujeres: el hogar, sus pormenores, el peso de sus dramas cotidianos, aún silenciosos, aún silenciados. Diréis: no te equivoques, eh, no siempre es así, hemos cambiado, hombres y mujeres no compartimos mirada, gusto u opinión por razón de sexo. Pero las convenciones pesan, no pasan página tan fácilmente. En cambio, en este libro, en este thriller maternofóbico diría yo, las páginas no corren, vuelan, rozan, rasgan las vestiduras del consabido complejo de culpa, agreden pero atrapan. De pronto me he sentido devoradora de ese género supremo de la evasión que tanto pega, como una thrillera de cuidado algo naíf, por mi reciente pero fervorosa afición a autoras como Paula Daly, Gillian Flynn o Auður Ava Ólafsdóttir, que en mi estantería ocupa ya, con La excepción, un lugar en el podio. No sé por qué razón me suelen gustar más los thrillers escritos por mujeres que por hombres, en este género sin duda tengo una clara y natural inclinación lectora hacia mi propio sexo, incluso más que en la poesía. Lo llamaré una femiconfesión, porque las ridículas etiquetas facilitan las cosas.
Una pregunta abre pues un vasto e insondable territorio para abonar la intriga: el hogar, la psicología de una mujer atrapada en el juego de malabares de su maternidad. 


 Aquí la reseña publicada en Fugas el pasado viernes, 5 de septiembre:

Con su debut en la novela, la fisioterapeuta Paula Daly ha reventado el corsé del género a dos manos. Le ha puesto a su detective una 100 de sujetador y ha sacado a la luz los detalles que dibujan la cara doméstica de la vida. Esta es la que asoma con sus ojeras hendidas de cansancio acumulado, acusando el drama de la conciliación, en el thriller doméstico ¿Y tú qué clase de madre eres? Ante vosotros, un caso atípico de novela negra, una pregunta abierta que  hurga sin pudor en el complejo maternal de culpa. Daly abre la caja de los truenos en un hogar inmerso en la crianza, rasgando el vistoso envoltorio con que llevamos la maternidad. Oímos a la realísima Lisa Kallisto, la madre trabajadora (disculpen la redundancia) que se confiesa en esta intriga a lo Gillian Flynn. Tiene tres hijos, un agotamiento crónico y un descuido mortal. La desaparición de una joven rompe la calma de un pintoresco pueblecito inglés y la moral de esa madre desbordada. En el extremo opuesto pero en el mismo vecindario, la madre perfecta, un espejo agigantando la torpeza e inseguridad común. Daly destroza estereotipos e ideales ficticios, estrecha el cerco a lo que hay tras la apariencia y nos decide a abrazar la imperfección. La realidad.







miércoles, 3 de septiembre de 2014

Marta Sanz, el presente del verbo recordar

No he conocido a muchas escritoras como Marta Sanz, y eso que aún le debo varias lecturas. Hay quien dice que soy una lectora demasiado entusiasta. No sé, no sé... Creo que la mayoría de los libros no lo tienen fácil conmigo, pero cuando uno me gusta me gusta de verdad, y escribo su nombre en la intimidad de las libretas pequeñas, o hasta en la corteza de los árboles!, eso sí, quizá al lado de otros muchos que me gustan; ahí van dos, tres, cuatro, cinco, seis paladas de entusiasmo... Venga un helado artesano enorme de frutos del bosque. Mi sentido del gusto no tiene límites, es un imperio napoleónico. Pero vamos a La lección de anatomía, de Marta Sanz, uno de esos libros que me gustan de verdad. 
Anagrama ofrece una nueva versión de esta obra inclasificable, que se inicia con un prólogo maestro de Rafael Chirbes. Una mujer ante los 40 abre su vida en canal ante el lector; revisa lo que ha sido y lo que es, su autenticidad con trampas y matices, salpicada de humor e imperfecciones. Marta Sanz vuelve a nacer en esta obra, en la que hace un homenaje a la madre contenido y soberbio. Esa madre se queda en nosotros como el mito creado por John Irving: Jenny Fields. Una mujer de una fuerza hercúlea, de una sensibilidad honda como la espera. Una madre común extraordinaria.
Marta Sanz vuelve a ser niña, vuelve al colegio en Benidorm, al corazón de un lugar de paso latiendo en la caja fuerte de las tiendas de souvenirs. ¿Pero cómo lo hace sin nostalgia, sin el velo de la vejez repentina que sobreviene al mirar atrás? Lo consigue, sí, regresar del todo al momento que reactiva la escritura, mirar en la forma en que lo hacía cada edad, sin condescendencia, como si cada edad hubiese escrito su propio relato. Marta no juzga a la que fue, o lo hace sin titubeos, la escribe, la deja jugar y pensar libremente, equivocarse. Desecha seguridadesy emociones infladas, ausculta complejos y prejuicios, lo que se oye tras lo que queremos decir. Parece que no quisiera gustarle al lector, emocionarlo, darse esa palmadita de autoafirmación que conlleva, sino decirle: Esta soy yo, vale? Esta es mi nariz de patata. Te recuerda a alguien?
Marta Sanz revienta de presente el verbo recordar. En su forma de contar al recuerdo se le van formando los pulmones, respira y se convierte en un reloj de rápidas manecillas que conocen bien los dos sentidos del camino y sus muchas direcciones. En esta clase magistral que Marta Sanz da desde el pupitre, la vemos como a nosotros, sorprendemos a su abuela en la bañera, oímos la cháchara de sus tías, tocamos la pena que originó el cáncer de la más hermosa de las dos. Padres, amigas, novios, gatos, profesores, alumnos, personajes de ficción, como la Demelza que le valió un mote en el instituto, tienen su sitio en esta función vital que nos concierne. Mucho más que una orla de fin de curso, como el viaje real, el
que no atrapan fotografías ni souvenirs.



Aquí una reseña sobre esta original autobiografía, publicada el viernes en Fugas.


jueves, 28 de agosto de 2014

La otra casa

Mi antigua casa viene a preguntar por mí.
El tiempo la cambió. Es otra,
como una prima carnal que se olvidó de mí.

Otra
es
mi
casa, más baja y delgada, pequeña, sin alfombras ni muebles para apoyar una mano.
No tiene pan ni palabras que decir a la ligera, habla sola en su silencio.
Es una casa con demencia senil. No sabe su enfermedad. No sabe
dónde ha dejado los juegos reunidos, las cartas de Rebeca, el mechón de pelo
del niño que me gustó como coger agua corriendo en un río, aquel disco de vinilo,
el diario donde hice por primera vez.
el amor
a la palabra.

Pero es ella, sí, sí, sí
es mi casa, esta es su forma de estar,
su cara de payaso un poco triste.
Esas son las cortinas amarillas de plumeti que estaban ahí,
y el viento que las movía

no pasó.

Esta es la cocina de chocolate donde se decían cuentos,
Sherezade, os Parramplíns, el maestro Ciruela que se fue,
la abuela que siempre se quedó.
Esta es la caja de galletas
en la que me gustaba entrar
y quedarme a comer
como en la voz de canutillo de mi madre.

Y luego dormir, dormir como despierta con el arrullo del aceite que se fríe,
el grifo abierto sobre un plato de cristal. Así llueve el tiempo para dentro.

Estos son los espejos de mi otra casa. ¿Qué piensan al mirarse en mí?
Nada, no me ven, no me sonríen con las mejores caras que les di.
Su existencia no tiene pasado.

Pero tú

sí.

Mi antigua casa ha venido a preguntarme.

No he sabido decirle dónde
estoy.

Sé el lugar que ocupaba la alacena. A veces voy a abrirla en otras casas
en el mismo lugar en el que estaba,
como un mimo acostumbrado a su ritual.
Es un mueble invisible. Un espejo del apego
de una mano.
La ventana que me abre a la casa que perdí.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Xisela López: literatura SMS

Volverán las naranjas. Xisela López. Una novela en setecientos SMS y una escritora coruñesa en la Gran Vía. Si la memoria reciente no me falla, esta es la primera entrevista que hago por wasap, al menos completa. Xisela se prestó encantada y YES dijo... ;-)
La espontaneidad y la viveza de las respuestas quizá compensa la falta de edición ortográfica.
Xisela dice que por escrito "somos más nosotros", pero prefiere el SMS al WhatsApp. La respuesta que se toma su tiempo y que en ocasiones, de tanto titubear el dedo en la tecla de envío, no llega a su destino. Volverán las naranjas es una novela breve, un diálogo de chica a móvil de identidad desconocida, que recupera esa antigua forma de comunicarnos que teníamos... ¡hace un par de años?? El amor de esta historia es el de una pareja joven en el umbral de la rutina para siempre. El libro es una carta de amor contemporánea, a dos voces que encajan, que se inicia y acaba en lo que dura una de nuestras más laaaaaaaargas charlas por WhatsApp. 
Todas las cartas de amor son ridículas, advierte Pessoa.
Qué dículos' seríamos sin cartas de amor.




miércoles, 25 de junio de 2014

El monstruo perfecto de Muriel Spark

Con permiso de Ana María Matute,
hoy mi nombre es Muriel Spark.
La descubrí con Mary Shelley, en la singular biografía que escribió sobre la madre del monstruo que inspira más piedad. No olvido a esa Mary Shelley, hija del intelecto y la emoción, casada con el amigo de Lord Byron. Cómo olvidar a la Mary Shelley que recreó Muriel Spark con una concisión poética de impacto. La narrativa de Spark es dura, como la de Flannery O'Connor, pero más grotesca. Como un té con churros y sobaos. Es la narrativa de una poeta. La ficción alucinógena de una periodista de sucesos. La forma de escribir de Muriel se parece a la forma de reír de Lise, capaz de espantar un tumulto, a todo el pasaje de un vuelo, con una carcajada. Lise es el personaje principal de El asiento del conductor, novela de Spark para leer dos veces en dos días, presa el lector de la frenética huida hacia delante que impele a Lise, que manda en la obcecación, que mueve la escritura escandalosa de Muriel. Desde el principio sabemos que algo va a suceder, algo de hecho está sucediendo continuamente. Sólo un psicópata pasaría de largo.
La agitación no cesa desde el momento en que Lise se compra un vestido y un abrigo de colores que hacen un conjunto atroz. Desde entonces los movimientos en apariencia intrascendentes de Lise son las brazadas visibles de todo el cuerpo de una mujer, de su psique atrapada en él, por encontrar a un hombre que sea su tipo. Dejémoslo ahí. Los pensamientos de Lise se delatan en sus ropas estridentes, que podemos visualizar aunque no hayamos tenido ocasión de ver la película basada en el libro. Llegamos al final a la carrera, sabiendo que no hay escapatoria.
Muriel Spark conduce la locura con los ojos abiertos. Rompe la piñata de la monotonía usando los palos como nadie. O como aquella noche junto al lago Leman lo hizo Mary Shelley. Las dos saben de dónde vienen los monstruos. Crear monstruos perfectos vagamente familiares, que duran mucho más que una noche de terror.

viernes, 20 de junio de 2014

La princesa más fea

"Ahorita te ponemos fea, dijo mi madre". Siete palabras. Una forma deliberada de ser el lenguaje. Un cuento del revés. Un mundo raro. Entrecomillo el inicio de Ladydi, así junto, como lo escribe Jennifer Clement, a la que descubro por casualidad ignorando el best-seller que dio sonoridad a su nombre. Nunca elijo un libro sin abrirlo y respirarlo un poco, y esta forma de elegir me ha llevado a perderme a grandes venerados autores de la literatura universal. Es algo que me avergüenza ligeramente, como un piropo o un insulto inesperado, pero me ha permitido descubrir a otros escritores cuyo nombre a algunos ni les suena. Sucede especialmente con autoras. No me refiero a Alice Munro, Joyce Carol Oates o Margaret Atwood. Ni siquiera a la serial writer algo snob Amelie Nothomb. Me refiero a autoras menos conocidas que llevan lo suyo escribiendo, como Hilma Wolitzer, Edna O'Brien o Jennifer Clement, que era a la que iba, por su novela recién salida sobre gentes infelices que no comen perdices: Ladydi. Es uno de esos libros que se viven, porque sus palabras tienen vida. Vida en el sentido más pleno. Huelen, saben, sufren, sienten sus raíces, dicen ahorita en lugar de ahora, voltear en vez de volver, ojos cafés y no castaños, marrones, negros. Y tú puedes revolver en las visiones de esos ojos con la cucharita de tu curiosidad. En las palabras de Clement explota el rojo radical de las amapolas, esas flores que resisten al veneno. Rebosa el sabor de la cerveza caliente. Saben también a herbicida, y alguna vez a beso recién llegado de la metrópoli, a esperanza  desnuda. Los hombres singulares de esta novela son una bendición, un oasis de sensualidad en el desierto de las mujeres abandonadas. Estamos en un estado de México del que huyen todos los hombres, rumbo al edén mercadotécnico de Estados Unidos. Allí se quedan, forman otras familias y olvidan el principio, olvidan Guerrero. Imagináis un lugar sin hombres? "Estar en un lugar sin hombres es como dormir sin sueños", escribe Clement. Lo que cuenta es una pesadilla que ha atrapado la realidad con sus tentáculos. Paraquat es una de las palabras claves, el nombre comercial del veneno que llueve en Guerrero, donde no hay hombres, donde nadie es alto, donde las mujeres se afean y se esconden para que los narcos no las roben y las prostituyan, donde la maternidad adquiere un sentido pleno acuciada por el calor, el veneno, los alacranes y las hormigas rojas. Por el poder del corrupto. La forma de contarlo de Jennifer Clement se moja en todo, evita la descripción desentendida y tediosa del desastre. Va al grano con una dureza poética extraordinaria. Va al hoyo en que deben agazaparse las niñas de Guerrero para que no las mate el veneno ni les mate la inocencia el narco, esa red de alacranes al servicio del poder del dinero.
El amor no es un sentimiento. Es un sacrificio, dice la madre de Ladydi, conectada a otros mundos posibles gracias a la parabólica que le regaló su esposo infiel.
Se sale de esta historia como de un un hoyo. Con el pecho dolorido, pero abierto del todo al oxígeno de la libertad. Volviendo a querer peinar a una de esas princesas con las que jugábamos de niñas.

sábado, 14 de junio de 2014

Borbones y anécdotas


Enfrascada en La maldición de los Borbones, de José Zavala, y La soledad de la reina, de Pilar Eyre... tras este guiso casero con sangre real que hice, con muchísima ayuda de Eyre, para Extra Voz.
Quiero saberlo todo sobre Isabel II! Aunque para reinas las de la casa, en el scalextic de su rutina, con sus brillos en la sombra, su historia de miserias y su desparpajo natural.




LOS BORBONES, UNA DINASTÍA EN PRIMER PLANO
Por hablar de un principio, esta historia comienza con Felipe V, el rey de la triste estampa, que se fue consumiendo entre vapores, hipidos y alucinaciones, viendo escorpiones en torno a su cama. Aquejado de una melancolía extrema, el monarca que inauguró en España la dinastía borbónica llegó a cambiar los horarios en palacio para vivir de noche y dormir de día. «Felipe V, creyéndose muerto, llegaba a morderse los brazos», relata José Zavala en La maldición de los borbones. Si entonces, inaugurado el siglo XVIII, alguien no gobernaba España era precisamente el rey. «Frenesí, morbo, manía y melancolía hipocondriaca» fue el diagnóstico desglosado de la locura crónica de un rey que de partida no se separaba de su mujer, la primera, María Luisa Gabriela de Saboya, a la que el voraz apetito borbónico no dio un día de tregua. Ella era un «demonio colérico», advierte Zavala, que en accesos de ira llegaba a dar palizas a su esposo.
¿Excéntrico cuadro de familia? La realidad de la realeza supera a la ficción en numerosas estampas, que parecen exclusivas de las sagas de sangre azul. Secretos, mentiras y azares mortales suelen vagar cual fantasmas comunes en familias como la real, apartados de una versión oficial de la historia que dista de ser exacta. La de los Borbones se remonta en España al rey que abre este álbum escrito, y conserva nombres y anécdotas curiosas en obras que mantienen viva la historia de un apellido ligado a la suerte de España. Enfermedades, infidelidades, amantes, hijos ilegítimos, trastornos, manías y tragedias planean en una nube de leyendas que desafían el pacto de silencio que, admiten los periodistas especializados, se mantiene en torno a la familia real. «Los Borbones arrastran una dura historia; es importante conocer lo que hay detrás de su fachada, de las fotos, de esos rostros sonrientes. Descubrir que han sufrido y que han tenido siempre la voluntad de volver a España y sentarse en el trono. Hay un dicho que apunta: “Los Borbones, vivos o muertos, siempre vuelven a España”», cimenta Pilar Eyre, autora de obras como Secretos y mentiras de la Familia Real y Dos borbones en la corte de Franco.
Ante los requerimientos del poder, el amor parece pura coincidencia en la mayoría de los matrimonios reales, concebidos como uniones de Estado, por más que Alfonso XIII, abuelo de don Juan Carlos, se casase, dicen, enamorado de doña Victoria Eugenia, Ena en la intimidad. Ena era portadora de hemofilia, una de las marcas de la sangre de esta casta, pero el rey insistió en quererla con la bendición de Dios. A causa del mal de la sangre el rey perjuro que se entregó a la dictadura de Primo de Rivera perdió a un hijo tras un leve accidente de coche, desangrado en Miami. El fantasma de la hemofilia cobró cuerpo en varias ocasiones en palacio e hizo que, cuenta Pilar Eyre, «los niños tuviesen que dormir en habitaciones sin esquinas, con los muebles envueltos en vendas para que, al estar acolchados, los infantes no sufriesen heridas».


Leyenda negra
Enfermedades y accidentes han alimentado una leyenda negra en torno a la familia que hoy se halla en la encrucijada. ¿Existe una maldición sobre los Borbones? «Ena, doña Victoria Eugenia, abuela del rey abdicatario, decía que ya le habían avisado sus amigos protestantes de que si se convertía al catolicismo la familia iba a estar maldita», cuenta la autora de La soledad de la reina. Ella quería alejar esa sospecha fatal de la dinastía, conocedora de la convicción de Franco de que el pueblo no quiere príncipes tristes. Solo muy al fondo en la mirada de don Juan Carlos, dicen quienes le conocen bien, puede verse la esencia melancólica que se atribuye a la estirpe. A ella nos remonta la difícil infancia de quien perdió a su hermano en un accidente que dio pie a diversas especulaciones, tan diferente a los primeros felices años de Felipe VI. «Cuando era pequeña —cuenta Eyre— pensaba que el hermano del rey había muerto de accidente de coche». El infante Alfonsito murió a causa de un disparo. El arma la empuñaba don Juan Carlos. «Yo he hablado con un íntimo amigo de don Juan Carlos que estaba en ese momento en Estoril [donde ocurrió la tragedia]; su testimonio me ha permitido descubrir todos los detalles. Todas las historias que corren acerca de que el rey Juan Carlos mató a su hermano son una canallada impresionante y absurda». Esa es también la tesis que defiende el periodista y escritor José María Zavala, quien eleva a don Juan Carlos y a Carlos III, por su papel en España, sobre el resto de los Borbones.
El gen de la infidelidad
Prominentes siluetas de alcoba lleva consigo el recuerdo de la figura de Carlos III, portador del supuesto gen que determina la propensión a las relaciones extraconyugales. Lo heredó Isabel II, Isabelita, que propagó el escándalo en la corte con su permanente infidelidad con el general Serrano. Tan sabia y culta como promiscua, dicen, halló el consuelo del perdón de su esposo, «porque nuestro enlace ha sido hijo de la razón de Estado». Los amoríos de la reina que ascendió al trono en 1833 han hecho historia, como su canalillo, y quedan expuestos a la mirada del respetable en libros como La maldición de los Borbones o Los amantes de Isabel II. Pilar Eyre localiza el gen en otras historias y el empuje Borbón en unas palabras que pone en boca del afectuoso don Juan, conde de Barcelona, en una de sus obras: «Los miembros de las familias reales somos unos sementales de buena raza y nuestra primera obligación es perpetuar la especie, procreando una y otra vez, sin cambiar de vaca», si es que admitimos al sagrado animal como sinónimo de joven esbelta y arrogante de nariz helénica. «Más que la hemofilia, la tara genética de los Borbones es la infidelidad —sostiene Eyre—. Casi todos han tenido relaciones extramatrimoniales. La mujer que se casa con un borbón lo sabe. Distinto es el caso de doña Letizia, pero Felipe no es muy Borbón en este sentido».
Alfonso XIII fue uno de los grandes seductores de su tiempo, sobre todo por rey; «tenía a las mujeres que le daba la gana: de la Corte, artistas... y don Juan Carlos es un gran seductor no solo de mujeres, sino también de hombres. Sabe tender puentes con las personas. Se parece mucho a su padre, don Juan, en quien se notaba que había sido muy atractivo y que tenía esa memoria legendaria de los Borbones», afirma Pilar Eyre.
Insólito sentido del humor
Un humor cambiante es otro de los trazos del temperamento borbónico, en las antípodas de una reina glacial como doña Sofía. La periodista que firma su biografía revela una anécdota: una vez en el convento en las Descalzas Reales, la reina estaba entretenida con las monjitas. El rey la aguardaba impaciente en la puerta. Y en su impaciencia mandó decir a la reina: «Majestad, lleva usted aquí tanto rato que don Juan Carlos quiere saber si va a quedarse en el convento». Ella, delante de todo el mundo, dijo: «Yo no, pero quizá a él sí le convendría».

viernes, 13 de junio de 2014

A lingua esperta de Yolanda Castaño

 Unha entrevista é o xénero máis lindo e máis tenso do mundo, con permiso da reportaxe. É cousa de dous. Tamén unha especie de encerrona para quen aspira a retratar a alguén ante os outros nunha lectura exprés, pois son as que moven as follas dun periódico.
Reteño aquí algo, moi pouco, de canto oín e vin,... quen non pode ver as palabras que amosan o que son!, en máis de hora e media de café coa poeta Yolanda Castaño. Coa Segunda Lingua conseguíu un novo premio. O libro naceu dunha inspiración que lle foi enchendo os petos a Yolanda de «papelitos», que xuntou e fixo obra un agosto á beira do mar en Málaga. Desa casa de amigas que o azar trocou en residencia de autora vén, dende o sur ao Norte en punto, A Segunda Lingua. É unha obra na que Yolanda Castaño espreme a lingua, as linguas que baten unhas coas outras, que ás veces se chiscan o ollo -ou unha fricativa velar-, e ás veces se abrazan case sen palabras. "Todos os abrazos son traducións", advirte a autora neste poemario irónico, erótico, metalingüístico e saboroso como a lingua. Como a lingua que falas contigo, con todo o que ela sabe, e conta e non conta, de ti.


 Vai o texto da entrevista que foi conversa moito máis longa, clara e cómplice...

ANA ABELENDA | As palabras preferidas de Yolanda Castaño (Santiago, 1977) «son as que saen da boca». O sentido do gusto admite varias lecturas no caso da poeta, neta de modista, que máis que nos ollos o atopa na lingua. Gústalle comer moito máis que cociñar. Non terá man para caldeiradas, pero é quen de mirar un linguado en fite. «As cousas menos lindas poden revelar significados», advirte. Un linguado, a dieta, o coche ou o Teleprompter habitan A Segunda Lingua, poemario co que a autora acadou o Premio da Fundación Novacaixagalicia 2013. «A Segunda Lingua é a lingua dos outros», aclara, un libro que nace da conxunción de varias circunstancias. Unha delas, un erro médico que fixo que a poeta estivese dous meses con media lingua anestesiada.
—«A Segunda Lingua» é tamén a propia, ¿non?
 —Claro. Pensa no contestador que di: «Si quiere que le atienda en castellano pulse uno, si quiere que le atienda en gallego pulse dos...». En Galicia o galego é o dous. E a cousa segue así, pulsas o dous e escoitas: «Le atiende Mari Carmen, ¿en qué puedo ayudarle? ¡Verídico!
—A realidade é difícil. ¿Como é a poesía?
—Caprichosa. Eu podo pasar anos enteiros sen escribir poesía e de pronto verme como un cadeliño á súa porta. O que me fascina é que ela de repente me diga «¡Agora!, non te deixo marchar». Hai algo que chaman inspiración ou disposición. Son eses momentos nos que estás esponxa. Eu sentín que tiña ideas, ideas, ideas. Apuntábaas en papelitos, no que tiña a man, nunha libretiña, no móbil.
—Pero un poema non son ocorrencias soltas. Require máis, ¿un cuarto propio?
—Un traballo de composición, obviamente. Un cuarto propio. Poder desfacerte do que che ocupa ou che distrae a diario. Eu neste caso non conseguín unha residencia, pero en maio do 2013 estiven no Festival de Poesía de Málaga. Alí unha amiga poeta e a súa parella dixéronme: «Imos deixar a casa baleira todo o mes de agosto, ¡vente!». Unha casa unifamiliar a tres minutos da praia. ¡O ceo! Elas marcharon, deixaron unhas chaves e dixéronme como se poñía a Thermomix. É que eu  son moi mala cociñando…
—¿Non lle dá a paciencia?
—Non sinto curiosidade polo proceso. ¡Só quero comer! Díxenme: se gaño algo con este libro, compro a Thermomix [risos].
—¿Recluíuse todo un mes no cuarto propio da creación?
—Ese agosto non saín das dúas mazás nas que estaba a casa e o supermercado. Só comín, durmín, fixen de comer, fun á praia e escribín. Cando ía rematando o libro, era unha sensación de tal euforia que cruzaba a carretera sen mirar. A produtividade foi moi alta. 
—¿O título é un chisco intencionado ao «Segundo sexo»?
—Atopeino o último día. O segundo sexo por suposto, pero hai moitas cousas...
—Na obra, poeta e palabra manteñen unha relación altamente erótica. Recorda a Ángel González: «Escribir un poema se parece a un orgasmo». ¿É así?
—Si. Isto está tamén na poesía de María Xosé Queizán.
—¿Que apoios bota en falta como escritora?
—En Galicia non hai un recoñecemento da produción literaria como tal. ¿Quen axuda a produción literaria? Aquí todas as axudas que hai para un libro son a posteriori.
—¿Hai cousas que non se deben contar?
—Todo depende do como. O como é a arte.
—¿Pode vivir sen escribir?
—Penso que non; escribir é o mellor que podo facer co meu tempo. O único patrimonio que podemos ter os poetas é un novo título. Eu débome á escrita. Cando a poesía chama por min… Si tú me dices ven lo dejo todo.
—Hai un sorriso moi cómplice neste poemario.
—É un libro máis reconciliado. Está escrito dende unha maior placidez.
—Pero é violentamente pasional ás veces…
—É un libro que xoga con lume, escribilo foi case como ter un monstro entre as mans... Pero si, volve o desexo.
—«Cando falamos acabamos manchados de linguaxe», escribe. ¿Que facemos?
—Desouvir a linguaxe, todos os ecos. Na poesía a linguaxe faise ouvidos xordos a si mesma. As palabras amplían os seu círculo de amizades.
—Nesta obra escribe tamén sobre as cousas que non se din. ¿Canto achegan?
—A poesía é un pacto entre o que se di e o que se cala.

Máis sobre Yolanda Castaño en La Voz de Galicia e El Pie en la Marea:

http://elpieenlamarea.blogspot.com.es/2014/03/entrevista-yolanda-castano.html

http://elpieenlamarea.blogspot.com.es/2013/09/fogar-de-poesia.html

martes, 10 de junio de 2014

Tratado de paternidad a lo bestia

ANA ABELENDA | «¿Pero dónde coño estás?». Con este disparo a bocajarro abre fuego Michele Serra. Les hablo de la novela que está conmocionando a miles de lectores en el mundo. La querrán o la repelerán, o ambas cosas a la vez. Pero no saldrán de aquí, de esta Toscana desmitificada de Serra, igual que entraron.
El libro es una pregunta con varias certezas, un exabrupto en la placidez de pega de las relaciones paterno-filiales, un golpe de honestidad encima de la mesa, un tratado descarnado sobre la paternidad en tiempos difíciles. Muchos se preguntarán ¿y cuáles no lo son?
He aquí a un padre y un hijo, dos seres únicos en su especie, dos especies distintas, dos líderes de tribus rivales. Pero un padre ya no es lo que era. «Una fragilidad materna reblandece mi aplomo viril. Soy consciente de sumar dos debilidades: el afán protector de la Madre, las exigencias de rectitud del Padre. Me veo socorriéndote y regañándote al mismo tiempo, caricatura esquizofrénica de la autoridad», confiesa con valor este ser en apuros. Y hoy tampoco los hijos parecen tan dispuestos a pisar nuestras huellas. Quizá porque nosotros tampoco querríamos que lo hiciesen.
El autor de Los cansados escribe una carta abierta, una declaración de guerra con alma secreta de armisticio de paz, por el bien del mundo que ha heredado y quiere legar a su hijo. Este diálogo con el silencio del hijo que establece Serra con un sentido del humor radical, de factura claramente periodística, es un exorcismo. El padre se atreve no solo a mirar y retratar sin piedad a «los cansados» (jóvenes, hedonistas, hiperelectrónicos, siempre en modo avión, habitantes de un exceso con calcetines sucios apilados en las esquinas). También reconoce debilidades, incoherencias y prejuicios propios. Muy ilustrativa la tópica charla que se dispone a afrontar el padre con la profesora de su hijo, o esa otra en la que «un fulano» con pintas le para y le dice: «Usted no me conoce, pero yo le conozco a usted. Soy el tatuador de su hijo. Debería hablar más con él».
Serra se procura un álter ego a la altura de su sarcasmo, Brenno Alzheimer, decidido a librar la Gran  Guerra Final entre Viejos y Jóvenes; y en ese otro yo ficticio su frustración se despacha a gusto.
Vulnerable, histriónico, apocalíptico en su juicio sobre un mundo agonizante se muestra el autor de esta obra de lectura obligada, donde el mito de Narciso crece en una tienda de sudaderas de moda con dependientes modelo.
Michele Serra libra una lucha a muerte con toda la historia del padre que es y con todo eso que se espera de un hijo. Teme ser «el último eslabón» de la especie. ¿No es algo común? Pero este padre implacable y sobreprotector al tiempo entiende al fin lo que ninguna gracia concede sin esfuerzo: hay que separarse del hijo, perderlo de vista hasta verlo saludarnos desde lo alto. En una cima vital que quizá un padre solo alcanza tras su hijo, cuando este se vuelve y grita: ¡Papáaaa!