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| Portada de "Mi vida querida", de Alice Munro |
jueves, 23 de mayo de 2013
Cuentos sin hadas
viernes, 3 de mayo de 2013
Palabras y palabros
Somos el tiempo que nos queda. Ese verso da título a una antología del último galardonado con el Cervantes. Al recoger el premio, Caballero Bonald advirtió el consuelo que ofrece la poesía, especialmente en un mundo en crisis, en el que las ventanas nos asoman cada vez un poco menos a la belleza del día laborado. La mirada hacia dentro puede ser una oración, hecha para suplicarnos a nosotros mismos fortaleza para seguir adelante, mirando lo que dejamos atrás. Solo así podrán corregirse las erratas de la historia, y en eso, según el poeta, también puede ayudarnos la poesía. Pues en ella se hace, como expresó otro escritor, la justicia de las cosas.
Hace varias primaveras, cuando aún teníamos los ojos vendados, nos reímos como hienas de las miembras que brotaron por gracia de una ministra, ¿o fue primero un ministro?, señalándolas como una malformación de género insospechada. ¿A quién se le ocurre, qué vendrá después: peritas, pilotas, soldadas y tenientas? Árbitras haberlas haylas, y también dependientas, pero cómo podría igualar un sufijo los grados y postulados de la escala militar. Para tenienta, la mujer del teniente, y a mandar en la intendencia del hogar. Si queremos ser justos, no finjamos ser ciegos. El género de las palabras excede el ámbito lingüístico, aunque operemos con el bisturí de las normas morfológicas. ¿No se rompieron por el forro con el insólito caso de modisto? Es preciso recordar que en su día a la modista le brotó por el jeto (perdón, por la jeta) una curiosa variante masculina, con el afán insepulto de dar un nuevo corte al oficio de tantas mujeres que no han pasado a la historia, y no será porque no han hecho méritos zurciendo la cotidianidad. Pero la laboriosidad es cosa distinta del talento. De partida, no suele disponer de un cuarto ni de un tiempo propios. Sigamos las costuras. ¿Por qué no sacarse de la manga un periodisto para el periodista varón, a semejanza de modisto? ¿Quizá porque el origen del oficio es más masculino que el género de la palabra? Qué palabra o qué palabro, ¡periodista!, qué rigurosa columna inspiró hace ya unos años a Pérez Reverte, académico y escritor. La indolencia puede resultar insultante, sobre todo si se ayuda de palabras a la caída, a las que se obliga a mentir por interés. El lenguaje parece haberse malversado en el ejercicio de la función pública. Y el conflicto rebasa el escollo del género. ¿Qué provoca más espanto, superado el impacto visual, un *istoria por historia, o un nazismo por escrache? Para responder no basta con recurrir al diccionario, es preciso ir más allá, a la historia misma, y también adonde habita la poesía, un vasto lugar en el que las palabras se examinan, calibran su hondura, sopesan sus matices y desechan las capas de cemento o barniz que les han ido echando encima. Ojo con las hipérboles, que pueden ser mortales. La poesía es más que un arma, piensa lo que dice, suele abstenerse de la caza de perdiz y el tiro al plato, busca la verdad. Un solo verso puede ser una advertencia sutil cargada de futuro, algo así dice un poeta. La poesía es también un alto en el camino conocido. La sorpresa en el camino transitado. Vicente Aleixandre dijo: Las palabras significan. Y otro autor advirtió que, en la literatura, la única moral es la exactitud. Defendamos la exactitud de las palabras, para que no se conviertan en sonajeros que emiten un sonido u otro según la querencia de la mano que los mueve.
No respetar el lenguaje significa empobrecer lo que somos.
Empecemos por las palabras más pequeñas, como hoy. Tiene un significado y es urgente.
Todo este tiempo que nos queda hasta la noche.
Hoy es el Día Mundial de la Libertad de Prensa.
Hace varias primaveras, cuando aún teníamos los ojos vendados, nos reímos como hienas de las miembras que brotaron por gracia de una ministra, ¿o fue primero un ministro?, señalándolas como una malformación de género insospechada. ¿A quién se le ocurre, qué vendrá después: peritas, pilotas, soldadas y tenientas? Árbitras haberlas haylas, y también dependientas, pero cómo podría igualar un sufijo los grados y postulados de la escala militar. Para tenienta, la mujer del teniente, y a mandar en la intendencia del hogar. Si queremos ser justos, no finjamos ser ciegos. El género de las palabras excede el ámbito lingüístico, aunque operemos con el bisturí de las normas morfológicas. ¿No se rompieron por el forro con el insólito caso de modisto? Es preciso recordar que en su día a la modista le brotó por el jeto (perdón, por la jeta) una curiosa variante masculina, con el afán insepulto de dar un nuevo corte al oficio de tantas mujeres que no han pasado a la historia, y no será porque no han hecho méritos zurciendo la cotidianidad. Pero la laboriosidad es cosa distinta del talento. De partida, no suele disponer de un cuarto ni de un tiempo propios. Sigamos las costuras. ¿Por qué no sacarse de la manga un periodisto para el periodista varón, a semejanza de modisto? ¿Quizá porque el origen del oficio es más masculino que el género de la palabra? Qué palabra o qué palabro, ¡periodista!, qué rigurosa columna inspiró hace ya unos años a Pérez Reverte, académico y escritor. La indolencia puede resultar insultante, sobre todo si se ayuda de palabras a la caída, a las que se obliga a mentir por interés. El lenguaje parece haberse malversado en el ejercicio de la función pública. Y el conflicto rebasa el escollo del género. ¿Qué provoca más espanto, superado el impacto visual, un *istoria por historia, o un nazismo por escrache? Para responder no basta con recurrir al diccionario, es preciso ir más allá, a la historia misma, y también adonde habita la poesía, un vasto lugar en el que las palabras se examinan, calibran su hondura, sopesan sus matices y desechan las capas de cemento o barniz que les han ido echando encima. Ojo con las hipérboles, que pueden ser mortales. La poesía es más que un arma, piensa lo que dice, suele abstenerse de la caza de perdiz y el tiro al plato, busca la verdad. Un solo verso puede ser una advertencia sutil cargada de futuro, algo así dice un poeta. La poesía es también un alto en el camino conocido. La sorpresa en el camino transitado. Vicente Aleixandre dijo: Las palabras significan. Y otro autor advirtió que, en la literatura, la única moral es la exactitud. Defendamos la exactitud de las palabras, para que no se conviertan en sonajeros que emiten un sonido u otro según la querencia de la mano que los mueve.
No respetar el lenguaje significa empobrecer lo que somos.
Empecemos por las palabras más pequeñas, como hoy. Tiene un significado y es urgente.
Todo este tiempo que nos queda hasta la noche.
Hoy es el Día Mundial de la Libertad de Prensa.
jueves, 2 de mayo de 2013
Dulce y salada espera
"La casa era grande porque nuestros proyectos también lo eran".
Los buenos comienzos importan. También los grandes proyectos, aunque no se lleven a cabo o no terminen por convertirse en un hogar, como solía ocurrir en los ochenta. Las licencias poéticas son justas y necesarias, descubren que a veces los hechos son permeables al deseo y la voluntad de las personas. La frase en cuestión da inicio a una novela fresca, salada, diferente, que me llevé a la boca como un sarcasmo de kiwi un junio espléndido en que tenía un espléndido balón de playa por barriga. Entonces, yo estaba llena de vida por venir y John Fante, al que tal vez conozcáis por su álter ego, el antihéore Arturo Bandini, me sirvió un libro al gusto. Pese a tener buen apetito a todas horas y saltear sin complejos, ni ardores, anillas de calamar con albóndigas caldosas, el embarazo me deparó, además de 13 kilos extras, ciertas reacciones gastrointestinales a determinadas lecturas. Así como podía echarme al coleto cualquier frito, mi estómago premamá no toleraba cualquier libro. Me caían indigestas las grandes gestas épicas y esas historias de romanticismo light que una chica al uso degusta con placer en tardes primaverales hipercalóricas, comprendidas entre los polos opuestos (siempre atractivos) de un helado de vainilla y una manta de pelo. El caso es que John Fante (1909-1983), al que el poeta Charles Bukowski llegó a considerar un dios, rompió la estática del tedio al irrumpir en mi estado de ¿dulce? espera con un cuento tan grotesco como lo es, bien visto, todo lo real. En "Llenos de vida", Fante novela sobre Fante, un americano de clase media de 30 años que se gana la vida trabajando como escritor y guionista de Hollywood. He ahí un tipo felizmente casado, sobre el que de pronto se cierne la amenaza de un «bulto sinuoso, deslizante y escurridizo» ganando territorio en la barriga de su esposa, Joyce.
Sopla el aire de cine de los años cincuenta. En L.A., donde cada sueño tiene un decorado a medida, y siempre de fondo el hotel Bates, ese escéptico con raíz en los Abruzos que es John Fante afronta el embarazo de su esposa como lo que es... Él, un hombre, un ser humano normal, sin aspavientos hormonales, víctima irredenta de la revolución dermoestética e interior de la mujer que le dará su primer hijo, un heredero varón. En "Casa de verano con piscina", Herman Koch dice, o más bien lo dice su personaje, que todos los hombres desean un hijo varón, y en realidad todas las mujeres también. ¿Será cierto? ¿Acaso hay un temor oculto en mi boba fantasía de verme rodeada de tres niñas con bucles y botas de agua cantando y saltando bajo la lluvia? Fante hace del deseo del vástago una parodia quevedesca, regada con lambrusco. El personaje que borda en "Llenos de vida" es un observador acalambrado que, entre otras menudencias, advierte cómo «la desarmante zorrería de las bragas de seda» de su mujer se ve erradicada por blusas y combinaciones king size.
«Aquello era el matrimonio, aquel sepulcro, aquella vil prisión en la que un hombre impulsado por un deseo sobrehumano de ser bueno, decente e íntegro acaba haciendo el ridículo a las tres de la madrugada sin otra recompensa que la prole, y una prole ingrata por añadidura», escribe el futuro papá, encarado a un mero antojo. Frívolo, indolente, despreciable incluso, el personaje de Fante es conmovedoramente humano. Como un niño grande chafado ante un globo roto, ante un sueño cimentado sobre una colonia de termitas.
Las circunstancias pugnan con los grandes proyectos que deben anidar en la base de un hogar.
A veces solo el humor puede mantener el fuego vivo.
Los buenos comienzos importan. También los grandes proyectos, aunque no se lleven a cabo o no terminen por convertirse en un hogar, como solía ocurrir en los ochenta. Las licencias poéticas son justas y necesarias, descubren que a veces los hechos son permeables al deseo y la voluntad de las personas. La frase en cuestión da inicio a una novela fresca, salada, diferente, que me llevé a la boca como un sarcasmo de kiwi un junio espléndido en que tenía un espléndido balón de playa por barriga. Entonces, yo estaba llena de vida por venir y John Fante, al que tal vez conozcáis por su álter ego, el antihéore Arturo Bandini, me sirvió un libro al gusto. Pese a tener buen apetito a todas horas y saltear sin complejos, ni ardores, anillas de calamar con albóndigas caldosas, el embarazo me deparó, además de 13 kilos extras, ciertas reacciones gastrointestinales a determinadas lecturas. Así como podía echarme al coleto cualquier frito, mi estómago premamá no toleraba cualquier libro. Me caían indigestas las grandes gestas épicas y esas historias de romanticismo light que una chica al uso degusta con placer en tardes primaverales hipercalóricas, comprendidas entre los polos opuestos (siempre atractivos) de un helado de vainilla y una manta de pelo. El caso es que John Fante (1909-1983), al que el poeta Charles Bukowski llegó a considerar un dios, rompió la estática del tedio al irrumpir en mi estado de ¿dulce? espera con un cuento tan grotesco como lo es, bien visto, todo lo real. En "Llenos de vida", Fante novela sobre Fante, un americano de clase media de 30 años que se gana la vida trabajando como escritor y guionista de Hollywood. He ahí un tipo felizmente casado, sobre el que de pronto se cierne la amenaza de un «bulto sinuoso, deslizante y escurridizo» ganando territorio en la barriga de su esposa, Joyce.
Sopla el aire de cine de los años cincuenta. En L.A., donde cada sueño tiene un decorado a medida, y siempre de fondo el hotel Bates, ese escéptico con raíz en los Abruzos que es John Fante afronta el embarazo de su esposa como lo que es... Él, un hombre, un ser humano normal, sin aspavientos hormonales, víctima irredenta de la revolución dermoestética e interior de la mujer que le dará su primer hijo, un heredero varón. En "Casa de verano con piscina", Herman Koch dice, o más bien lo dice su personaje, que todos los hombres desean un hijo varón, y en realidad todas las mujeres también. ¿Será cierto? ¿Acaso hay un temor oculto en mi boba fantasía de verme rodeada de tres niñas con bucles y botas de agua cantando y saltando bajo la lluvia? Fante hace del deseo del vástago una parodia quevedesca, regada con lambrusco. El personaje que borda en "Llenos de vida" es un observador acalambrado que, entre otras menudencias, advierte cómo «la desarmante zorrería de las bragas de seda» de su mujer se ve erradicada por blusas y combinaciones king size.
«Aquello era el matrimonio, aquel sepulcro, aquella vil prisión en la que un hombre impulsado por un deseo sobrehumano de ser bueno, decente e íntegro acaba haciendo el ridículo a las tres de la madrugada sin otra recompensa que la prole, y una prole ingrata por añadidura», escribe el futuro papá, encarado a un mero antojo. Frívolo, indolente, despreciable incluso, el personaje de Fante es conmovedoramente humano. Como un niño grande chafado ante un globo roto, ante un sueño cimentado sobre una colonia de termitas.
Las circunstancias pugnan con los grandes proyectos que deben anidar en la base de un hogar.
A veces solo el humor puede mantener el fuego vivo.
miércoles, 1 de mayo de 2013
El beso convertido en método
Vuelco aquí la entrevista completa que hice hace unos días al doctor Carlos González, autor de Bésame mucho. Se publicó el domingo, en versión reducida y editada, en el suplemento Extra Voz, de La Voz de Galicia. Su cuestionario aparecía junto a otro muy similar planteado a Eduard Estivill bajo el cliché Dos pediatras y un destino: La familia feliz, que he mencionado en un post anterior (http://elpieenlamarea.blogspot.com.es/2013/04/eduard-estivill-el-habito-hace-el-sueno.html).
Ha puesto los besos en los cimientos de miles de hogares «que desean educar como se hacía antes, con amor». Así se dirige Carlos González (Zaragoza, 1960) a los lectores de Bésame mucho, un modelo que insta a consolar al hijo cuando llora, a cantarle hasta que se duerme, a educarlo «comiéndoselo a besos», a no darle de comer por la fuerza o a vencer el complejo de ceder ante una rabieta infantil. «Nuestros hijos nos perdonan, cada día, docenas de veces», advierte el autor de Entre tu pediatra y tú. Defensor del colecho, afirma que los niños «nacen igual que lo hacían en la cueva de Altamira: con los mismos instintos y necesidades». Estar en brazos de sus padres es, a su juicio, una de las básicas que algunos «expertos» están invitando a desatender.
-Su libro “Bésame mucho” enseña a cuidar a los niños “como se ha hecho toda la vida”. ¿No hemos evolucionado, es indeseable que lo hagamos en ciertos aspectos?
Por supuesto que hemos evolucionado. Y en muchas, muchísimas cosas, hemos evolucionado positivamente. El problema es que nuestros hijos no han evolucionado, nacen exactamente igual que lo hacían en la cueva de Altamira. Necesitan estar en brazos, necesitan atención día y noche, necesitan dormir junto a sus padres. Pero desde hace algún tiempo, algunos “expertos” se han dedicado a asustar a los padres: “si lo coges en brazos, si le haces caso, si duerme contigo, se convertirá en un, en un...” ¿En qué, exactamente? Solo prentendo que los padres sepan que criar a sus hijos como ellos desean, con cariño, consolándolos cuando lloran, cantándoles hasta que se duermen, comiéndoselos a besos, no hace ningún daño a los niños. Al contrario, les hace felices.
Porque veía padres que, engañados por ciertos médicos irresponsables, no vacunaban a sus hijos, o lo hacían demasiado tarde. Es importante seguir el calendario oficial de vacunaciones.
Ha puesto los besos en los cimientos de miles de hogares «que desean educar como se hacía antes, con amor». Así se dirige Carlos González (Zaragoza, 1960) a los lectores de Bésame mucho, un modelo que insta a consolar al hijo cuando llora, a cantarle hasta que se duerme, a educarlo «comiéndoselo a besos», a no darle de comer por la fuerza o a vencer el complejo de ceder ante una rabieta infantil. «Nuestros hijos nos perdonan, cada día, docenas de veces», advierte el autor de Entre tu pediatra y tú. Defensor del colecho, afirma que los niños «nacen igual que lo hacían en la cueva de Altamira: con los mismos instintos y necesidades». Estar en brazos de sus padres es, a su juicio, una de las básicas que algunos «expertos» están invitando a desatender.
-Su libro “Bésame mucho” enseña a cuidar a los niños “como se ha hecho toda la vida”. ¿No hemos evolucionado, es indeseable que lo hagamos en ciertos aspectos?
Por supuesto que hemos evolucionado. Y en muchas, muchísimas cosas, hemos evolucionado positivamente. El problema es que nuestros hijos no han evolucionado, nacen exactamente igual que lo hacían en la cueva de Altamira. Necesitan estar en brazos, necesitan atención día y noche, necesitan dormir junto a sus padres. Pero desde hace algún tiempo, algunos “expertos” se han dedicado a asustar a los padres: “si lo coges en brazos, si le haces caso, si duerme contigo, se convertirá en un, en un...” ¿En qué, exactamente? Solo prentendo que los padres sepan que criar a sus hijos como ellos desean, con cariño, consolándolos cuando lloran, cantándoles hasta que se duermen, comiéndoselos a besos, no hace ningún daño a los niños. Al contrario, les hace felices.
-Como dice en el libro, las madres de hace cien mil años no necesitaban libros ni expertos para educar a sus hijos. ¿Por qué cree que los padres de hoy recurrimos tanto a unos y otros?
Supongo que en parte es una moda, compramos libros sobre el tema porque vemos que “todo el mundo lo hace”. Pero también pienso que la capacidad de cuidar a los hijos, el “instinto maternal”, no es algo que ya tenemos de forma automática, sino algo que se va desarrollando con los estímulos adecuados. El estímulo es el niño. Los padres que pasan muchas horas al día con su bebé, y que son libres desde el primer día de atender a ese bebé como ellos creen conveniente, habitualmente van encontrando por sí mismos las respuestas. Los padres que pasan la mayor parte del día separados de su bebé, y encima, el poco rato que están juntos, les han ordenado “no lo toques, no lo consueles, no lo cojas en brazos...”, se encuentran muchas veces perdidos y desorientados.
Supongo que en parte es una moda, compramos libros sobre el tema porque vemos que “todo el mundo lo hace”. Pero también pienso que la capacidad de cuidar a los hijos, el “instinto maternal”, no es algo que ya tenemos de forma automática, sino algo que se va desarrollando con los estímulos adecuados. El estímulo es el niño. Los padres que pasan muchas horas al día con su bebé, y que son libres desde el primer día de atender a ese bebé como ellos creen conveniente, habitualmente van encontrando por sí mismos las respuestas. Los padres que pasan la mayor parte del día separados de su bebé, y encima, el poco rato que están juntos, les han ordenado “no lo toques, no lo consueles, no lo cojas en brazos...”, se encuentran muchas veces perdidos y desorientados.
-Escribe, dice, en defensa de los hijos, en defensa del amor como modo de aprendizaje. Un cachete, un grito o un insulto al niño no son admisibles nunca, diga lo que diga el doctor Spock. ¿Es así?
Se puede gritar, insultar o pegar a un hijo exactamente en los mismos casos en que se puede gritar, insultar o pegar al marido o a la esposa. Es decir, nunca. No entiendo cómo algunas personas pueden verlos como casos distintos, que incluso tienen nombre distintos; una cosa es “castigo físico” y otra “violencia doméstica”. Pues no, lo siento, es lo mismo. O peor, pues creo que la violencia es moralmente más reprobable cuando se ejerce sobre un ser más débil, que no se puede defender, y a quien tenemos la responsabilidad de proteger.
Se puede gritar, insultar o pegar a un hijo exactamente en los mismos casos en que se puede gritar, insultar o pegar al marido o a la esposa. Es decir, nunca. No entiendo cómo algunas personas pueden verlos como casos distintos, que incluso tienen nombre distintos; una cosa es “castigo físico” y otra “violencia doméstica”. Pues no, lo siento, es lo mismo. O peor, pues creo que la violencia es moralmente más reprobable cuando se ejerce sobre un ser más débil, que no se puede defender, y a quien tenemos la responsabilidad de proteger.
-¿Puede enseñarse al niño a ser disciplinado y respetuoso con los otros desde la comprensión y la permisividad absolutas?
¿Permisividad absoluta? No creo que eso exista ni pueda existir. No se trata de dejar que el niño coma caramelos todo el rato, o juegue con fuego, o pegue a otros niños. Se trata de decírselo de buenos modos, no a gritos ni a bofetadas. Igual que se lo decimos a un adulto. Porque entre los adultos no hay permisividad absoluta. Hay cosas que yo no permito hacer a mi esposa, hay cosas que mi esposa no me permite hacer a mí. Yo sé que no puedo romper los muebles, saltar en el sofá, insultar a la gente por la calle. Pero mi esposa nunca me ha gritado, ni me ha castigado, ni me ha sentado en la silla de pensar (y es una suerte, porque ya me tocarían más de cincuenta minutos). Simplemente, la mayoría de las cosas que están prohibidas ya ni las intento, porque algo dentro de mí me dice que eso no lo debo hacer. Y otras cosas, cuando las he hecho, mi esposa me ha dicho “por favor, no hagas esto”, y ya está. No es tan diferente con los niños. ¿Cómo enseñamos a nuestros hijos a no prender fuego a la casa? Pues habitualmente no hace falta enseñárselo, porque los niños presentan una notable tendencia espontánea a no prender fuego a la casa, a no tirarse por la ventana y a no sacarles los ojos a otros niños. Casi ningún padre ha tenido que explicarlo: “mira, hijo mío, no hay que sacarle los ojos a la gente porque...”. Las cosas que nuestros hijos hacen mal suelen ser bastante más leves, y basta con una explicación educada: “no pongas los zapatos en el sofá”, “vamos a lavarnos las manos antes de comer”...
-Ha salido en defensa de las vacunas, ¿por qué?¿Permisividad absoluta? No creo que eso exista ni pueda existir. No se trata de dejar que el niño coma caramelos todo el rato, o juegue con fuego, o pegue a otros niños. Se trata de decírselo de buenos modos, no a gritos ni a bofetadas. Igual que se lo decimos a un adulto. Porque entre los adultos no hay permisividad absoluta. Hay cosas que yo no permito hacer a mi esposa, hay cosas que mi esposa no me permite hacer a mí. Yo sé que no puedo romper los muebles, saltar en el sofá, insultar a la gente por la calle. Pero mi esposa nunca me ha gritado, ni me ha castigado, ni me ha sentado en la silla de pensar (y es una suerte, porque ya me tocarían más de cincuenta minutos). Simplemente, la mayoría de las cosas que están prohibidas ya ni las intento, porque algo dentro de mí me dice que eso no lo debo hacer. Y otras cosas, cuando las he hecho, mi esposa me ha dicho “por favor, no hagas esto”, y ya está. No es tan diferente con los niños. ¿Cómo enseñamos a nuestros hijos a no prender fuego a la casa? Pues habitualmente no hace falta enseñárselo, porque los niños presentan una notable tendencia espontánea a no prender fuego a la casa, a no tirarse por la ventana y a no sacarles los ojos a otros niños. Casi ningún padre ha tenido que explicarlo: “mira, hijo mío, no hay que sacarle los ojos a la gente porque...”. Las cosas que nuestros hijos hacen mal suelen ser bastante más leves, y basta con una explicación educada: “no pongas los zapatos en el sofá”, “vamos a lavarnos las manos antes de comer”...
Porque veía padres que, engañados por ciertos médicos irresponsables, no vacunaban a sus hijos, o lo hacían demasiado tarde. Es importante seguir el calendario oficial de vacunaciones.
-¿Han mejorado los padres de hoy en el cuidado de sus hijos respecto a sus predecesores?
Tanto antes como ahora ha habido muchos padres distintos que han hecho muchas cosas distintas. Y no existen estadísticas fiables sobre lo que hacen los padres de ahora, y menos los de antes. Así a ojo, da la impresión de que ahora se pega menos a los niños. Empieza a estar socialmente mal considerado. Pero, por otra parte, nunca antes en la historia de la humanidad se había cogido tan poco en brazos a los niños cuando eran bebés, nunca antes habían dormido tan solos, nunca antes se habían escolarizado tan pronto ni habían pasado tantas horas al día separados de sus padres.
Tanto antes como ahora ha habido muchos padres distintos que han hecho muchas cosas distintas. Y no existen estadísticas fiables sobre lo que hacen los padres de ahora, y menos los de antes. Así a ojo, da la impresión de que ahora se pega menos a los niños. Empieza a estar socialmente mal considerado. Pero, por otra parte, nunca antes en la historia de la humanidad se había cogido tan poco en brazos a los niños cuando eran bebés, nunca antes habían dormido tan solos, nunca antes se habían escolarizado tan pronto ni habían pasado tantas horas al día separados de sus padres.
-¿Contra qué viejos mitos y tópicos hemos de rebelarnos hoy?
Ni sano, ni enfermo; un niño no “ha de comer”. Tiene derecho, como cualquier persona, a comer si tiene hambre y a no comer si no tiene hambre. Y con el sueño, hacemos cosas muy raras: por una parte parece que queramos que duerman mucho; por otro lado, les ponemos obstáculos: si les dejamos solos, a muchos niños les cuesta dormir.
Ni sano, ni enfermo; un niño no “ha de comer”. Tiene derecho, como cualquier persona, a comer si tiene hambre y a no comer si no tiene hambre. Y con el sueño, hacemos cosas muy raras: por una parte parece que queramos que duerman mucho; por otro lado, les ponemos obstáculos: si les dejamos solos, a muchos niños les cuesta dormir.
-¿Hasta qué edad cree recomendable la lactancia?, ¿el pecho, a demanda?
La Asociación Española de Pediatría, lo mismo que la OMS y Unicef, recomienda dar el pecho al menos hasta los dos años, y luego hasta que madre e hijo quieran. Y, por supuesto, a demanda. ¿Cómo, si no? Todos comemos a demanda. Cada familia, en su casa, come a la hora que quiere, con la única limitación que imponen los horarios laborales o escolares. Ningún adulto cena a las ocho porque se lo ha mandado el médico o lo ha leído en un libro; cada cual cena cuando quiere o cuando puede, y adelanta o retrasa la hora cuando va al cine o cuando ponen un partido por la tele.
La Asociación Española de Pediatría, lo mismo que la OMS y Unicef, recomienda dar el pecho al menos hasta los dos años, y luego hasta que madre e hijo quieran. Y, por supuesto, a demanda. ¿Cómo, si no? Todos comemos a demanda. Cada familia, en su casa, come a la hora que quiere, con la única limitación que imponen los horarios laborales o escolares. Ningún adulto cena a las ocho porque se lo ha mandado el médico o lo ha leído en un libro; cada cual cena cuando quiere o cuando puede, y adelanta o retrasa la hora cuando va al cine o cuando ponen un partido por la tele.
-Anota en su libro una cita de Unamuno que dice “Cuando duerme una madre junto al niño, duerme el niño dos veces”. ¿Apoya la opción del colecho en todo caso?
Básicamente un niño puede dormir en la cama de los padres, en la habitación de los padres pero en su propia cuna o cama, o en otra habitación. Y esas tres opciones básicas se pueden combinar de mil maneras. Lo que digo a los padres es que tienen derecho a elegir, en cada momento, la opción que mejor les funcione, la que les permita a todos vivir más felices y dormir más tranquilos.
Básicamente un niño puede dormir en la cama de los padres, en la habitación de los padres pero en su propia cuna o cama, o en otra habitación. Y esas tres opciones básicas se pueden combinar de mil maneras. Lo que digo a los padres es que tienen derecho a elegir, en cada momento, la opción que mejor les funcione, la que les permita a todos vivir más felices y dormir más tranquilos.
-¿Qué recetaría a una madre con sentimiento de culpa?, ¿mayor entrega al hogar, renuncia al trabajo fuera, psicoterapia...?
No sé cómo tratar la culpa de las madres. Parece ser intratable. Las madres (al menos, muchas de ellas) parece que siempre se las arreglan para sentir culpa. Creo que hay que aplicar aquello de “si no vives como piensas, acabarás pensando como vives”. Tenemos que valorar cuidadosamente las necesidades de nuestros hijos, y tomar decisiones. Si crees que has hecho lo mejor que lo podías hacer dadas tus circunstancias, no tienes por qué sentirte culpable. Y si crees que podrías hacer algo mejor... pues hazlo. Por cierto, es curioso que uses la expresión “renuncia al trabajo”. Se inscribe en una especie de ética (o épica) del trabajo que hoy por hoy parece que solo afecta a las mujeres, especialmente a las madres. Los varones, en realidad, cuando conseguimos librarnos del trabajo, no pensamos que estemos renunciando a nada (bueno, al sueldo... pero si nos dieran la oportunidad de ganar lo mismo sin trabajar...). Cuando nos anunciaron que la jubilación se retrasaba a los 67, no oí exclamaciones de alegría, “¡qué bien, podremos realizarnos dos años más, ya no tendremos que renunciar al trabajo!”. Gastamos millones en loterías y quinielas con la esperanza de que nos toque un premio descomunal que nos permita dejar de trabajar.
No sé cómo tratar la culpa de las madres. Parece ser intratable. Las madres (al menos, muchas de ellas) parece que siempre se las arreglan para sentir culpa. Creo que hay que aplicar aquello de “si no vives como piensas, acabarás pensando como vives”. Tenemos que valorar cuidadosamente las necesidades de nuestros hijos, y tomar decisiones. Si crees que has hecho lo mejor que lo podías hacer dadas tus circunstancias, no tienes por qué sentirte culpable. Y si crees que podrías hacer algo mejor... pues hazlo. Por cierto, es curioso que uses la expresión “renuncia al trabajo”. Se inscribe en una especie de ética (o épica) del trabajo que hoy por hoy parece que solo afecta a las mujeres, especialmente a las madres. Los varones, en realidad, cuando conseguimos librarnos del trabajo, no pensamos que estemos renunciando a nada (bueno, al sueldo... pero si nos dieran la oportunidad de ganar lo mismo sin trabajar...). Cuando nos anunciaron que la jubilación se retrasaba a los 67, no oí exclamaciones de alegría, “¡qué bien, podremos realizarnos dos años más, ya no tendremos que renunciar al trabajo!”. Gastamos millones en loterías y quinielas con la esperanza de que nos toque un premio descomunal que nos permita dejar de trabajar.
-¿Cree que el padre y la madre pueden cumplir los mismos roles o intercambiar los papeles que se les atribuyen convencionalmente?
Hay un hecho evidente: el padre no puede dar el pecho. Por lo demás, pueden hacer los dos las mismas cosas. Pero el hecho es que todos los niños establecen una primera relación afectiva con una persona, la figura primaria de apego. No es obligatorio que esa figura sea la madre; puede ser el padre, el abuelo, la niñera, la cuidadora del orfanato... Lo que está claro es que solo hay una. Es decir, el padre solo puede ser la figura primaria si la madre es figura secundaria. Y a pocas madres les gustaría ser secundarias.
Hay un hecho evidente: el padre no puede dar el pecho. Por lo demás, pueden hacer los dos las mismas cosas. Pero el hecho es que todos los niños establecen una primera relación afectiva con una persona, la figura primaria de apego. No es obligatorio que esa figura sea la madre; puede ser el padre, el abuelo, la niñera, la cuidadora del orfanato... Lo que está claro es que solo hay una. Es decir, el padre solo puede ser la figura primaria si la madre es figura secundaria. Y a pocas madres les gustaría ser secundarias.
-¿Es realmente la guardería una mala opción para nuestros hijos?
Lo mejor para los niños pequeños es estar con sus padres. Más concretamente, con su figura primaria de apego. Cualquier otra cosa es peor. En los países socialmente más avanzados se respeta el derecho de los padres a ocuparse de sus hijos y se les dan todo tipo de facilidades.
Lo mejor para los niños pequeños es estar con sus padres. Más concretamente, con su figura primaria de apego. Cualquier otra cosa es peor. En los países socialmente más avanzados se respeta el derecho de los padres a ocuparse de sus hijos y se les dan todo tipo de facilidades.
-¿Podrían haber en algunas madres entregadas en exclusiva a sus bebés cierto egoísmo por cultivar hasta el extremo la interdependencia con el hijo o es un planteamiento absurdo o insidioso?
Eso son cuestiones filosóficas muy complejas. Define “egoísmo”. Si egoísmo es buscar la propia felicidad haciendo lo que te gusta, entonces tener un hijo cuando quieres tener un hijo es egoísmo, trabajar cuando quieres trabajar es egoísmo, leer un libro porque te gusta leer es egoísmo, irse de cooperante a África porque te sientes bien al hacerlo es egoísmo. Por otra parte, si lo que quieres conseguir es hacer a tu hijo dependiente de ti, lo que tienes que hacer precisamente es no dedicarle muchas horas. Los niños que tienen todo el cuidado materno que necesitan se hacen más independientes. Es la generación que fue a la guardería y que se quedó a comer en la escuela la que ahora no se va de casa. Nuestros bisabuelos estaban todo el rato con su madre, y se independizaban pronto.
Eso son cuestiones filosóficas muy complejas. Define “egoísmo”. Si egoísmo es buscar la propia felicidad haciendo lo que te gusta, entonces tener un hijo cuando quieres tener un hijo es egoísmo, trabajar cuando quieres trabajar es egoísmo, leer un libro porque te gusta leer es egoísmo, irse de cooperante a África porque te sientes bien al hacerlo es egoísmo. Por otra parte, si lo que quieres conseguir es hacer a tu hijo dependiente de ti, lo que tienes que hacer precisamente es no dedicarle muchas horas. Los niños que tienen todo el cuidado materno que necesitan se hacen más independientes. Es la generación que fue a la guardería y que se quedó a comer en la escuela la que ahora no se va de casa. Nuestros bisabuelos estaban todo el rato con su madre, y se independizaban pronto.
-¿Pueden los besos y otras expresiones habituales de cariño echar a perder la futura autonomía y fortaleza emocional de los niños, o al contrario, la refuerzan?
En los primeros años, el niño aprende si es una persona importante, digna de aprecio, cuyas opiniones son respetadas, o si es una persona sin importancia, a la que nadie hace caso, sin derecho a opinar ni a decidir nada por sí mismo.
En los primeros años, el niño aprende si es una persona importante, digna de aprecio, cuyas opiniones son respetadas, o si es una persona sin importancia, a la que nadie hace caso, sin derecho a opinar ni a decidir nada por sí mismo.
-Hay un proverbio africano que dice “Para educar a un niño hace falta toda la tribu”. ¿Cómo lo conseguimos?
Bueno, eso es lo que estamos haciendo, ¿no? Curiosamente, aunque el proverbio es africano, los niños africanos pasan muchas más horas con su madre que los nuestros. Nuestros niños pasan mucho tiempo con otros miembros de la tribu (abuelas, maestras, canguros...)
Bueno, eso es lo que estamos haciendo, ¿no? Curiosamente, aunque el proverbio es africano, los niños africanos pasan muchas más horas con su madre que los nuestros. Nuestros niños pasan mucho tiempo con otros miembros de la tribu (abuelas, maestras, canguros...)
-¿Es un cachete a tiempo necesariamente maltrato?
¿Puede una bofetada a una mujer no ser un maltrato?
¿Puede una bofetada a una mujer no ser un maltrato?
-¿Marcamos a nuestros hijos hagamos lo que hagamos?
Obviamente, cualquier cosa que hagamos va a influir. Y por supuesto infuirá más lo que hacemos miles de veces, día tras día, durante años, que lo que sólo hacemos ocasionalmente. Lo difícil es saber cómo va a influir cada cosa. Tampoco me importa mucho.
Obviamente, cualquier cosa que hagamos va a influir. Y por supuesto infuirá más lo que hacemos miles de veces, día tras día, durante años, que lo que sólo hacemos ocasionalmente. Lo difícil es saber cómo va a influir cada cosa. Tampoco me importa mucho.
-Escribe en Bésame mucho: “En realidad, lo que mucha gente piensa cuando dice ‘’quiero que mi hijo sea independiente es quiero que duerma solo y sin llamarme, que coma solo y mucho, que juegue solo y sin hacer ruido, que no me moleste…” ¿Cree que tratar de hacerlo independiente responde en cualquier caso a un deseo del padre de desentenderse?
Lo que decía antes: si no vives como piensas, acabas pensando como vives. Creo que en general los padres no quieren desentenderse de sus hijos. Pero si les convencen desde el primer día con todas esas absurdas normas, “no lo cojas en brazos, deja que llore, no te dejes tomar el pelo, lo que tiene es cuento...” acabarán pensando que, en efecto, los niños son unos “pequeños tiranos” que solo piensan en fastidiarnos.
Lo que decía antes: si no vives como piensas, acabas pensando como vives. Creo que en general los padres no quieren desentenderse de sus hijos. Pero si les convencen desde el primer día con todas esas absurdas normas, “no lo cojas en brazos, deja que llore, no te dejes tomar el pelo, lo que tiene es cuento...” acabarán pensando que, en efecto, los niños son unos “pequeños tiranos” que solo piensan en fastidiarnos.
-¿Es posible aunar felicidad y disciplina?, ¿es posible aunar el apego a los padres con la autonomía emocional?
Pues claro. Es que la disciplina no es una cosa rara. No es algo que tienes que hacer de forma consciente. Yo soy feliz, y también tengo disciplina. Sé que tengo deberes, y que los demás tienen derechos, sé que hay cosas que debo hacer, y las hago, y cosas que están prohibidas y no las hago. Y mi esposa no necesitó seguir ningún “método” ni leer ningún libro sobre “educación de maridos”. Es que todos educamos a nuestros hijos, cada día, cada minuto, como el que hablaba en prosa y no se había dado cuenta. Y lo que aparentemente es muy difícil es llegar a tener autonomía emocional si antes no se ha tenido apego a los padres. El apego es una necesidad básica del ser humano y un requisito necesario para el correcto desarrollo de la persona.
Pues claro. Es que la disciplina no es una cosa rara. No es algo que tienes que hacer de forma consciente. Yo soy feliz, y también tengo disciplina. Sé que tengo deberes, y que los demás tienen derechos, sé que hay cosas que debo hacer, y las hago, y cosas que están prohibidas y no las hago. Y mi esposa no necesitó seguir ningún “método” ni leer ningún libro sobre “educación de maridos”. Es que todos educamos a nuestros hijos, cada día, cada minuto, como el que hablaba en prosa y no se había dado cuenta. Y lo que aparentemente es muy difícil es llegar a tener autonomía emocional si antes no se ha tenido apego a los padres. El apego es una necesidad básica del ser humano y un requisito necesario para el correcto desarrollo de la persona.
lunes, 29 de abril de 2013
Mujeres contra el olvido
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| Marie Curie |
Eduard Estivill, el hábito hace el sueño
La noticia requiere datos. El reportaje, horizontes. Depurar puede ser un camino espléndido.
Pero a veces el límite de espacio lleva a dejar fuera de un texto matices con los que muda una realidad o el pensamiento de un personaje entrevistado. ![]() |
| El último libro del doctor Estivill |
Dejo aquí la entrevista completa que hice al doctor Eduard Estivill, un texto que publicó ayer, domingo, La Voz de Galicia junto a otra entrevista al pediatra Carlos Gónzalez. Agrupé ambos cuestionarios bajo una idea simple. Dos pediatras y un destino: La familia feliz.
Dejo hablar a Eduard Estivill, autor de superventas como Duérmete, niño. Juzgad, si queréis hacerlo, por vosotros mismos, con toda la información de la que dispongo.
Cuna, osito, chupete. Son más que tres palabras, un triple talismán para todas las familias a las que el doctor Eduard Estivill (Barcelona, 1948) ha llevado el hábito del sueño, sin excluir los besos y los cuentos de buenas noches. No es necesaria «una tribu ni un gurú» en la crianza del hijo, advierte el pediatra que apela a la confianza en uno mismo y al sentido común. Su superventas Duérmete, niño ha servido la polémica. «La polémica solo está en Internet —objeta el pediatra—. En ninguna publicación ni sociedad científica existen datos contrarios a las recomendaciones que brindamos a los padres. Nosotros no enseñamos a dormir a los niños dejándoles llorar. Y quien dice que enseñamos los hábitos sin amor, no ha leído nada de nuestros libros».
-¿Desde cuándo puede ponerse en práctica el «método Estivill»?
-Las nuevas recomendaciones las podemos implantar desde el primer día de vida. Están explicadas con detalle en nuestro último libro, A dormir.
-Dice que los padres de hoy son mejores que los de antes, pero que no siempre les dejan ejercer libremente la paternidad. Todos opinan, advierte. ¿En qué hemos mejorado como padres respecto a nuestros antecesores, quizá en que nos cuestionamos más las cosas?
-Los padres de hoy están más interesados en la educación de los hijos, leen más, se informan más, aunque desgraciadamente parte de la formación la obtienen de Internet y esa no es la mejor manera. Internet no es un foro científico y allí puede opinar cualquiera. Los padres no necesitan opiniones, sino conocimientos serios y comprobados. Por esto nosotros recomendamos a los padres que se informen a través de su pediatra, el único que podrá asesorarles adecuadamente.
-¿Contra qué viejos mitos y tópicos debemos rebelarnos?: ¿es necesario que el niño, un niño sano, coma a toda costa cuando le toca?, ¿debemos abrigarlo con lana en primavera?
-El sentido común debe privar en la educación de los hábitos de los niños. ¿Usted se abriga con lana en primavera?, pues depende. Si hace frio sí, si hace calor no. Igual con los niños. ¿Usted come en cualquier momento del día?, pues no. Está demostrado que el hambre tiene un ritmo de aparición. Es por esto por lo que los pediatras indican qué horas son las mejores para alimentar a un niño.
-¿Hasta qué edad cree recomendable la lactancia?, ¿pecho a demanda?
-Yo no doy opiniones personales. Recomiendo lo que las sociedades científicas de pediatría han estudiado. La lactancia materna siempre es la más recomendada. Pero si por algún problema la madre no puede hacerlo, puede utilizar la lactancia artificial sin sentirse culpable. Debe ser a demanda, tal como explicamos en nuestro libro A dormir. Pero cuidado: no se debe confundir el pecho con un chupete.
-¿Rechaza la opción del colecho cuando se trata de educar a un niño en el hábito del sueño?
-Los hábitos siempre tienen aspectos culturales. El comer es un hábito. En la cultura occidental el niño aprende a comer en la mesa, sentado en una silla, con un plato y unos cubiertos. En la cultura oriental lo hacen sentados en el suelo con un bol y unos palillos. Los dos hábitos son correctos. En nuestra cultura el niño duerme solo en su habitación. En África, y por cuestiones básicamente de pobreza, duermen todos juntos en un solo habitáculo. Después de esta reflexion, cada uno puede hacerlo como quiera, al igual que si queremos enseñar a comer a nuestros niños, sentados en el suelo y cogiendo la comida con la mano. Pero no será la manera más adecuada para nuestra cultura occidental.
-¿Qué recetaría a una madre con sentimiento de culpa por dejar a sus hijos cuando debe ir al trabajo o cuando apela a encontrar un tiempo solo para ella: más entrega al niño y más resignación, más psicoterapia, más ejercicio físico, más aire libre, menos libros del tipo ‘cómo criar a un hijo en un mundo imperfecto’?
-Tal como comentaba antes, los padres de hoy en día intentan ser muy responsables. Este sentimiento de culpa viene dado en gran parte por el poco tiempo que tienen para dedicar a su hijo y esto lleva a una sobreprotección que no es nada adecuada para el niño. La mamá no tiene por qué sentirse culpable de no tener más tiempo. No es su culpa que tenga que trabajar, fuera y dentro de casa (doble trabajo). Lo importante es la calidad del tiempo que tenga para su hijo. Aunque sea poco, si ella está feliz, alegre, le transmite seguridad y buenos hábitos, niño y madre serán felices.
-¿Cree que el padre y la madre pueden cumplir los mismos roles o intercambiar los papeles que se les atribuyen convencionalmente? A menudo se habla de un vínculo especial entre madre e hijo.
-Es muy evidente que el padre puede tener el mismo tipo de vínculo que la madre. El vínculo afectivo no se transmite solo por el hecho de amamantar, sino por cómo le hablamos, como le acariciamos, como intercambiamos emociones con él... Pero a veces, los hombres, por comodidad, ceden este rol a las madres. No debemos admitirlo.
-¿Es posible educar a un niño explicándole en todo caso el porqué de las cosas y recurriendo al juego?, ¿es imprescindible en la educación el “porque lo digo yo”?
-El Juego es una herramienta magnífica para educar a un niño. Nosotros hemos publicado un libro, A jugar, con juegos para inculcar buenos hábitos, que es muy leído y seguido por los padres. El “porque lo digo yo” no sirve para nada.
-He leído atribuida a usted la frase: “A los niños hay que educarlos en la frustración”. Resulta muy contundente. ¿Es realmente necesario? Quizá la infancia es el reino de la felicidad en parte porque apenas existe en ella la frustración.-Para entender esta frase esa necesario leer el artículo completo que se publicó. En él explicaba que los niños, antes de la crisis, tenían demasiadas cosas, no les costaba esfuerzo conseguirlas y consecuentemente no las valoraban. Las restricciones económicas hacen que los padres no puedan ofrecer a los niños tantas cosas. Así los niños aprenden que las que consiguen tienen más valor. La frustración es que un niño entienda que no lo puede conseguir todo y no quede traumatizado por ello. Que las cosas cuestan, que el fracaso es muy superir a los éxitos. Así les enseñamos a que valoren más lo que tienen, aumenten la autoestima y estén preparados para el futuro de adultos, lleno de situaciones difíciles y conflictivas, que han de saber superar.
-Guardería, ¿sí, no, no si es posible…?
-Desde el punto de vista pedagógico, socializar a un niño desde pequeño es adecuado. Hoy en día las escuelas infantiles son muy recomendables. Enseñan a niños buenos hábitos, que realizan desde muy pequeños con seguridad. No hay ningún niño traumatizado por ir a la escuela infantil.
-¿Cómo se comportan los padres con sentido común?
-No consultan a Internet y preguntan a su pediatra.
-¿Podría haber en las madres plenamente entregadas a sus bebés cierto egoísmo por cultivar hasta el extremo la interdependencia con el hijo, o es este un planteamiento absurdo?
-Totalmente de acuerdo. Así lo han corroborado estudios psicológicos.
-Mi experiencia me ha llevado a asociar su libro a un tipo de padres, del mismo modo que asocio el ‘Bésame, mucho’, de Carlos González, a otro diferente, incluso en su color político. ¿Cree que en el tipo de actitud hacia los hijos puede reflejarse la tendencia (conservadora/liberal) de los padres, o en particular, la de las madres?
-Enseñar buenos hábitos no tiene color político, ni un tipo de padres específico. La sopa se come con cuchara (es un hábito), los dientes se lavan con un cepillo (es un hábito), a dormir les enseñamos a hacerlo solos (esto es un hábito), a conducir se enseña yendo por la derecha (es un hábito). De derechas o de izquierdas, conservadores o liberales, agnósticos o creyentes… todos comen la sopa con la cuchara.
-“Para educar a un niño hace falta toda la tribu”, dice un proverbio. ¿Cómo lo conseguimos hoy?
-Inculcar a un niño buenos hábitos no es tan difícil. No hace falta una tribu, ni un gurú que nos guíe, ni consultar con Internet. Solo tener sentido común, estar seguros de nosotros mismos para trasmitir esta seguridad a los niños y consultar las dudas médicas al pediatra.
viernes, 26 de abril de 2013
Pilar Eyre y la reina
Tiene un sentido del humor de color negro. Será que Galicia está en su modo de mirar el mundo. Por algo aquí se encuentra su raíz. En Lemos nació su padre, mucho antes de que la igualdad jurídica sortease un abismo entre el hombre y la mujer. Ha ejercido el periodismo en varios frentes y la literatura en libros como La soledad de la reina, un relato biográfico no autorizado sobre la reina consorte. «Menos mal que las intelectuales sois una excepción, porque si todas las mujeres fueran como tú habría que pegarse un tiro». Eso cuenta Pilar Eyre que le dijo Manzanita en una entrevista en los sesenta. Corrían otros tiempos, en los que el general Franco se asomaba vivo al palacio de Oriente. Eran jóvenes entonces Amparo Muñoz, Carmen Martínez-Bordiú e Isabel Preysler, que llegó a España en 1968 dispuesta a encontrar marido. Y Marisol era la novia de un país que muchos se resistían a dejar al desnudo. La reina de la casa sobre la que hoy escribe Eyre no tiene título. Es esa mujer real de dudoso reinado. La señora o señorita que visitaba en tiempos la Zarzuela solo de revista, mientras sobrevivía al sexismo de una sociedad que no condenaba el maltrato. «Soy un machista. No me gusta que mi mujer hable con hombres. Quiero que esté en casa fregando los platos y cuidando a mis hijos», disparaba Manzanita a una joven Pilar Eyre. La autora dirige La reina de la casa a lectores de toda edad y condición. A mujeres y a hombres. «Un amigo mío dice que se ha visto identificado en muchas cosas del libro», afirma la que fue periodista yeyé: desde los días de misa con los padres hasta el recuerdo de mitos como el capitán Trueno. «El hombre de aquellos años [de la posguerra a la transición] era un ejemplar que debía cumplir con las recias virtudes de la raza. Un papel triste. Por eso yo no considero que los hombres fuesen los culpables del papel que tenían entonces las mujeres, de las que se decía «pata quebrada y en casa». Ellos también eran víctimas de un sistema, de un estado de cosas».
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| Crónica en clave de humor (negro) de la España anterior a la Transición |
-¿Cómo es eso de mujer, pata quebrada y en casa?
-Fue incluso un título provisional de este libro. Los tratados de sexualidad, el catecismo, todo en la España de posguerra iba dirigido a confinar en casa a la mujer. Se le pedía que fuese mitad soldado, mitad monja y que tuviese muchos hijos, pero de dónde venían… ¡a saber! Era una España trágica, triste, en la que reíamos por no llorar. El humor y la ternura, que yo he tratado de poner en este libro, son necesarios. Las mujeres tenemos que reírnos mucho de nosotras mismas. Y muchísimo de los hombres.
-¿Es cierto que la liberación de la mujer no ha sido para tanto?
-El papel del hombre no ha cambiado demasiado. La mujer está ahora más preparada y tiene más opciones, pero es a costa de sobrecargarse. El mundo de las mujeres nunca ha sido fácil.
-¿Lo ponen más difícil otras mujeres, exigiendo a otras el sobreesfuerzo que han tenido que hacer ellas?
-A veces, la propia mujer es el peor enemigo de la mujer. Solo hay cinco mujeres en la Real Academia Española. Eso es así en parte porque las dos primeras académicas de la lengua vetaban la entrada de otras mujeres en la institución.
-¿Es posible ser la reina de la casa y defenderse en el mundo exterior?
-Nosotras tenemos un techo de cristal que es la maternidad. Es así, en los primeros años todo se complica, se dispone de menos tiempo para viajar y para echarle horas al trabajo. Yo he llevado siempre un actividad incesante y tengo un hijo. He tenido que hacer muchos malabares y el trabajo me ha costado el matrimonio. Las mujeres debemos sacrificar siempre una parte, y esa parte suele ser la social.
-El hombre sigue siendo el modelo. ¿Con qué tipo nos quedamos hoy?
-El hombre está acostumbrado a tomar la iniciativa. Las mujeres con demasiado arrojo aún dan miedo a los hombres. Por ejemplo, Massiel, una mujer con iniciativa [citada en La reina de la casa], se lamentaba: «¡Solo les gusto a los hombres que no me gustan a mí!». El hombre sensible tuvo su momento. Pero hoy no nos gustan los hombres afeminados, amanerados. Sensibles, sí, pero entendiendo por sensibilidad inteligencia, no debilidad. La verdad es que aún tiene fuerza el arquetipo del hombre de las cavernas.
-¿Cómo fue que a usted llegaron a compararla con Franco?
-[Risas] Sí, fue Luis Miguel Dominguín, que insistía en convencerme de que Franco era un hombre fantástico y muy gracioso. «Tiene un sentido del humor parecido al tuyo, y ahora que te miro…, hasta os parecéis un poco», me dijo. Habíamos tomado un par de whiskis.
-Con algunos de esos ejemplares se encontró usted como entrevistadora, como periodista yeyé...
-Sí [risas]. Así me llamaban las folclóricas mayores. Yo además lucho contra una mentira, la imagen de Concha como la chica yeyé. Ella ha acaparado esa palabra que para nosotros representaban los Beatles, Sylvie Vartan o, aquí, grupos como Los Brincos.
-En los tiempos en que mandaba Franco, debía mandar también la hipocresía, ¿o no?
-Hay un capítulo de La reina de la casa dedicado a eso, El revés de la trama. En aquella España de sacristía y tentetieso que veneraba a la mujer frígida y el hombre rudo había bastante hipocresía. La aristocracia franquista tenía vicios deshonrosos. Una era la España que se veía, y otra, aquella invisible de la que nadie hablaba [en este libro… intimidad de las alcobas]
-¿Cómo sobrevivieron?, ¿cómo es posible recordar con humor y ternura aquella época?
-La verdad es que las mujeres de mi generación hemos hecho un esfuerzo inmenso para sobrevivir. Solo con humor se pueden sobrellevar ciertas cosas. El otro día recordaba con Paloma Barrientos el entusiasmo que teníamos entonces nosotras (“en la vida hermanos, en la noticia gitanos”, y disculpa la expresión). La juventud se echa a faltar. Todos tenemos una etapa cumbre. La mía transcurrió en Interviú [algunas citas, extractos y anécdotas de las entrevistas que hizo entonces Pilar Eyre son parte de su crónica La reina de la casa]
-¿Tiene el buen concepto de Isabel Preysler que se percibe en el libro?
-Es una persona que tiene un revés de la trama positivo que apenas se conoce. Es una persona generosa y coherente. Sé que ha hecho favores a varios periodistas. Mujeres veinte años después [de Eyre] se convirtió en un éxito gracias a la presencia desinteresada de Isabel Preysler en la presentación. Es algo que yo no he olvidado nunca.
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