martes, 12 de noviembre de 2013
Franco al desnudo
Esta entrevista fue publicada el pasado domingo, día 10, en
Extra Voz, el suplemento dominical de La Voz de Galicia.
Pilar Eyre y la editorial Destino tuvieron el detalle de permitirnos la prepublicación de uno de los capítulos de esta biografía íntima de Franco tres días antes de la presentación oficial del libro.
¿Cae un mito o nace un hombre en Franco confidencial?
domingo, 27 de octubre de 2013
sábado, 26 de octubre de 2013
lunes, 21 de octubre de 2013
Elas responden
Unha pequena parte asomou en Extra Voz, dominical de La Voz de Galicia, e outras moitas ficaron no ar, como escribe no seu blog a autora Dores Tembrás. Quedamos no Ágora e falamos da relación da muller coa escrita e da muller en xeral. Fun espectadora entremetida.
Olalla Cociña aseverou: Non sempre a muller escribe co corpo. Antía Otero apoiou esa tese e descubriume a Claude Cahun, o concepto de corpo performativo, que pode traspasar a materia e recreala. Dores Tembrás compartiu arte que ela coñece ben, maneiras intelixentes de ollar, como a de John Berger no documental do 71 Modos de ver. Nese documental, superado segundo Antía Otero, está en realidade a orixe da conversa.
Faltaban eles. Os libres de xéneros impostos.
Polas palabras compartidas que agardan en silencio na despensa. Espallarse pola casa toda e moito máis alá.
lunes, 9 de septiembre de 2013
Fogar de poesía
Luz Pozo ten unha casa na que colle de todo e no que ocupan lugar de honra as imaxes que non precisan palabras e as palabras máis grandes. O 3 de setembro coñecín outro pouco da Luz coa que tivera falado na casa -hoxe museo- de Emilia Pardo Bazán e que tiña visto na Real Academia, ela cun sorriso amodiño nos ollos e como buscando a alguén máis alá do solpor da xente que comeza a erguerse das cadeiras. Daquela díxome cun medio sorriso que era un pouco Leo e un pouco Cáncer, segundo o momento do día. Na casa de Luz coñecín á Luz que deixa fiestras abertas, amosa fotos de familia, conta, pregunta polos fillos e ofrece zume de pexego e pastitas de corazón para picar. Desta sorte de azar co que comezou setembro xurdiu, na casa de Luz, un encontro con Yolanda Castaño, Dores Tembrás e Estíbaliz Espinosa. Só coñezo unha moi pequena parte da poesía que teñen parido xa, coa mestura xusta de dolor e pracer... as máis das veces. Advirte Yolanda a sensualidade de escribir, ao involucrarse de todo nese proceso de (re)creación da realidade no que o a clave está sempre na ollada de quen mira. Estíbaliz defende a observación dentro da propia ollada da muller, diferente as máis das veces á que dela adoita ter o home. O xénero é máis que unha categoría gramatical, é aínda unha lousa herdada de prexuízos e inercias adquiridas, pero non é definitivo nin o máis definitorio, advirten elas. Dores fala de dous modelos de ser muller nos que unha parece ter que encaixar á forza, pastoreada pola simpleza.
"Non hai problema", din moitos, e moitas, acaso sen saber ben qué dano fai iso. Hai problema cando se está na casa e fóra, só hai que dilucidar quen navega nese mar confuso no que a muller non ten fácil atopar unha áncora que non a inmovilice. A áncora para elas é a honestidade, ser honestas na súa obra co que son; coas nenas que foron e que acaso non soñaron con verse unha tarde plena de verán falando con Luz na casa de Luz, pero si se viran escribindo. A
poesía non fala soa. Esta reportaxe, pequeno aperitivo en honor a Rosalía, non acaba aquí. Agardo.
"Non hai problema", din moitos, e moitas, acaso sen saber ben qué dano fai iso. Hai problema cando se está na casa e fóra, só hai que dilucidar quen navega nese mar confuso no que a muller non ten fácil atopar unha áncora que non a inmovilice. A áncora para elas é a honestidade, ser honestas na súa obra co que son; coas nenas que foron e que acaso non soñaron con verse unha tarde plena de verán falando con Luz na casa de Luz, pero si se viran escribindo. A
poesía non fala soa. Esta reportaxe, pequeno aperitivo en honor a Rosalía, non acaba aquí. Agardo.
domingo, 25 de agosto de 2013
Gente auténtica
Cada vez me gusta más la gente que se conoce. De hecho,
es el tipo de gente que más me gusta, superado ese umbral que separa las
malas de las buenas intenciones como motivación de unas y otras personas. Por
eso ha sido tan valioso para mí el hallazgo de Nikki Eaton, la hija indócil que
sufre por su madre en la novela Mamá. Es esta una joya de Joyce Carol
Oates que brilla en la oscuridad del zaguán familiar, allí donde se olvidan los
disfraces antiguos con libros y apuntes viejos, con muñecos sin edad y sin un
ojo, con piezas que una vez encajaron en algún sitio, todo envuelto en un CO2
de resentimiento acumulado tras años de disputas, silencios y malentendidos
familiares. La familia es como una obra de Ágatha Christie. En ella solo una muerte
descubre la auténtica trama, lo que hay de verdad en cada personaje
involucrado. Pero a menudo, quizá por supervivencia, interpretamos piezas costumbristas, educadas en el culto a los ancestros y su plata de ley. En ellas somos actores y a la vez testigos de nosotros mismos, congelados en estáticas fotografías que decoran el mueble de la entrada. Las celebraciones familiares están bien, son necesarias, deben serlo a juzgar por lo que se repiten; todos las sufrimos y las recordamos después con una vaga nostalgia, es cierto, esa clase de nostalgia que nace más de un deseo que del recuerdo de un hecho real. Esas quedadas instituidas alrededor de un pavo relleno o un bacalao con coliflor son puestas en escena en las que aflora nuestro talento para la interpretación o bien nuestro instinto criminal. Hasta en las mejores familias a veces suceden cosas, cosas de verdad, hechos imprevistos e impactantes, que arrasan los cimientos de un hogar para ver la calidad de su estructura. Un asesinato rompe la pauta de la costumbre en esa gran novela de Joyce Carol
Oates de la que hablaba al principio, Mamá, en la que Nikki Eaton se deja calar. Es una mujer extravagante que huye de la mentira, que se conoce y se
atreve a mirarse de frente, sin un cojín que oculte esa parte de su vida que no
quiere ver reflejada en el espejo. Siendo de papel, Nikki convence como un ser
de carne y hueso, porque es tan inclasificable y tiene tantos matices como sus
lectores. La entendemos, nos tiene en consideración pues no trata de engañarnos, la queremos. En cambio, Clare, la
hermana perfecta de Nikki, la hija perfecta, la esposa perfecta, la que siempre
hace y deshace y sabe lo que debe hacer, nos pone de los nervios desde el
principio, como el zumbido de una mosca que no deja de volar de un lado a otro
de nuestro cuarto. ¿Por qué no se detiene?, nos decimos. En mi vida he conocido a varias Nikkis. Gente auténtica, gente que se atreve a
conocerse, que sabe que no es exactamente buena ni mala, que es tan crítica y exigente o más
consigo que con los demás. Gente con fracasos asumidos y miedos al aire, con
una sensibilidad extraordinaria para medirse y entender a otra gente, aunque no
siempre sepa estar o qué decir. El saber estar es, en cambio, lo que domina
Clare, la hermana perfecta, o más bien el estar a secas. También conozco a
Clares, prácticas y diligentes, llenas de quehaceres, consejos y buenas
intenciones, enérgicas, resolutivas, en apariencia seguras, pero con un severo astigmatismo para lo elemental: las emociones, la extraña naturaleza de los sentimientos que nos hacen humanos y no siempre
buenos u oportunos. Me pregunto cuánto tendré de Nikki y cuánto de Clare, será tal vez según el momento. Creo que mi madre sabría decírmelo, pero nunca lo haría por
no herir mis sentimientos. Así se explica el tacto de Gwen, la madre de Nikki, con su hija, un respeto hacia su libertad que va mucho más allá de no censurar su corte punk de pelo o su exigua minifalda. La comprensión silenciosa de la que una madre es capaz.
sábado, 6 de julio de 2013
Desatando cabos
Se me va el tiempo aflojando cordones. Y atando cabos
. Mientras ayudo a mi hija a acomodar sus pies en unas zapatillas de esparto se me ocurre la idea que entre mis últimas lecturas hay algo en común, quizá es la respiración entrecortada que percibo en todas, como la de una persona que tiene miedo enfrentándose a ese miedo que tiene. De eso va esta historia, llevada al cine con Jeff Bridges y Kim Bassinger como protagonistas. Recuerdo la película. Creo que no llegué a verla, y sin embargo visualizo con detalle algunas escenas. ¡Qué excéntrico, diréis, recordar lo no vivido!, posiblemente Mary Shelley o las Brönte podrían explicarlo. En cuanto a mí, creo recordar incluso el día en que vine al mundo, la sensación de ahogo aquel mediodía de agosto y la pereza por desprenderme del arrorró del líquido amniótico de mi madre.
. Mientras ayudo a mi hija a acomodar sus pies en unas zapatillas de esparto se me ocurre la idea que entre mis últimas lecturas hay algo en común, quizá es la respiración entrecortada que percibo en todas, como la de una persona que tiene miedo enfrentándose a ese miedo que tiene. De eso va esta historia, llevada al cine con Jeff Bridges y Kim Bassinger como protagonistas. Recuerdo la película. Creo que no llegué a verla, y sin embargo visualizo con detalle algunas escenas. ¡Qué excéntrico, diréis, recordar lo no vivido!, posiblemente Mary Shelley o las Brönte podrían explicarlo. En cuanto a mí, creo recordar incluso el día en que vine al mundo, la sensación de ahogo aquel mediodía de agosto y la pereza por desprenderme del arrorró del líquido amniótico de mi madre.
La novela Una mujer difícil nació para mí hace un mes, pese a los años que tiene. Fue una recomendación. Atraída por el título, empecé a leer: «Una noche, cuando Ruth Cole tenía cuatro años y dormía en la litera inferior, la despertaron los sonidos que produce la actividad amorosa, procedentes del dormitorio de sus padres. Era un sonido del todo nuevo para ella. Ruth había estado recientemente enferma, con una gripe intestinal, y cuando oyó por primera vez a su madre haciendo el amor pensó que estaba vomitando».
Leí con fruición, atragantándome a veces, unas 300 páginas seguidas. Sin encender más luces que la justa para entrever ciertas cosas y sin dejar de preocuparme por Ruth, una niña de 4 años rodeada de sombras espectrales. La de sus hermanos muertos de adolescentes en un accidente de coche, la de su padre (Ted) cuentista, retratista alevoso, bebedor y mujeriego, y en especial la de su madre, Marion, una mujer de belleza impactante atrapada en el limbo que se abre entre una experiencia traumática y el sentimiento de culpa. En la primera parte de esta novela de John Irving, la muerte y el amor mantienen una tensión ejemplar. Pese al excesivo dramatismo de la historia, o quizá por eso, por haber captado el autor el drama en toda su obscenidad, desde dentro, y también de este modo poco remilgado la vida de un matrimonio hecho harapos. Esa unión hecha trizas es el efecto de la erosión del tiempo, el azar y el encierro interior al que se han condenado Ted y Marion. Pese a la playa devastada en la que viven, cada uno bajo la andanada de su propio dolor, hay un instinto elemental arrojando piedras contra el cristal de la tristeza, un grito de vida que revienta el silencio feroz de la noche y el tedio de los días sin miras. Es Eddie quien lo propicia, un adolescente con inquietudes literarias y con los imperativos físicos propios de su edad. Su iniciación en el sexo tiene algo de la antigua luz de Banville, esa calidez enfermiza de la poesía de la experiencia, el aire cargado de una habitación en la que duerme un matrimonio normal, con sus años, sus vivencias y sus silencios configurando los matices de la atmósfera.
En esas primeras 300 páginas de la novela de Irving hay tanto dramatismo como tensión. Luego Ruth Cole se hace grande y el ritmo decae. Ya nada vuelve a ser lo mismo, pero en esa primera parte del libro, un salto al vacío de la pérdida de lo que amamos, no es posible apartar los ojos del papel, de esa frase, de la chaqueta rosa de Marion, de la foto en la que se ven las piernas de sus hijos, de otras muchas imágenes, o de la destructiva obsesión de Ted por desnudar impúdicamente a las mujeres con hijos. O de la vergüenza de alguna de esas mujeres.
Cuántas zapatillas sin cordones tendremos al fondo del armario. A veces es mejor no atar cabos. De hecho, dejarlos sueltos hace que la vida se parezca a un cuento de Alice Munro, donde cada final es un principio y donde cada convicción nuestra sufre un temblor, un desplazamiento de fallas tectónicas que nos deja perplejos, inmóviles, pendulando sobre un eje: Nada es de una sola manera.
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