domingo, 2 de junio de 2013

En casa


Es un abrazo de mar.

Un golpe
de arena
por sorpresa.

Su sonrisa no sabe estar sentada, está escapándose siempre de su madre.

Sus ojos son de verdad, no han aprendido aún a protegerse.

Ella sabe dar
besos perfectos
que se abren como un táper.

Cuando abraza es en cambio silenciosa

y obstinada.

Tiene la hondura de un eco.

Otras veces ríe leve como si fuese una pluma.

Y parece que la música empieza
a hacerse sola.

Cuando Sofía me abraza,
me recoge,
me trae de vuelta a casa.

 
Esta es mi casa.
Mi pequeña,
mi única
certeza.

viernes, 31 de mayo de 2013

El cuarto propio de Anne

"Tengo una habitación propia. La lluvia cae sobre ella", escribe Anne Sexton. Con estos versos se inicia la lenta detonación de uno de los poemas que incluye su antología en el sello Linteo.
Anne Sexton. Su poesía completa ha sido
editada por Linteo
Anne nos lleva, a la par pero nunca de la mano, al encuentro de Virginia Woolf y otras mujeres que asumieron el reto de hacer literatura, de contar algo verdadero con esfuerzo, con el sacrificio y la consideración que exige dedicarse en serio al arte. No hay que leer su biografía para saber que Anne tuvo dos hijas. Su poesía da testimonio de esta circunstancia, crucial en la vida de toda mujer, por acomodada que esté entre cojines de plumón o de lana merina, con toda su tribu abriendo la mano y dejándose coger el brazo a veces, o por liviana o volátil que se sienta frente a la experiencia de la maternidad. Que esas madres, haberlas haylas.
En su día, con su habitual lucidez de corte práctico, Carmen Posadas escribió un artículo sobre su desconcierto ante la, a su juicio, excesiva importancia que se da ahora, en nuestro mundo, al hecho de ser madre. No se trata de algo extraordinario, advertía la escritoria, las mujeres han tenido hijos desde el principio de los tiempos y en otros lugares lo hacen al natural, sin terapia ni aceite de rosa mosqueta, ni ninguna clase de instrucciones, guías o ceremonias preparto. Sin aliento épico ni raptos místicos. Dudo que Posadas quisiera restar valor a la figura (esculpida en chicle, diría yo, viendo lo que da de sí) de la madre, solo advertir sobre el exceso de esta maternidad torrencial que nos cala hasta los huesos y nos deja frías para todo lo demás que somos como seres, como mujeres. ¿Hemos dejado de resistirnos? De las diversas facetas que confluyen y pelean en un solo ser, en una mujer, habla la poesía de Anne Sexton.
Lo hace como la niña que fue, a la que coarta su madre y que se encierra a vivir su mundo en el baño. Como la pequeña que incuba, para la posteridad de su poesía, el miedo a la perfecta quietud y el rictus grave de sus muñecas. Como la amante abandonada, doblegada de ternura y de ira hacia una esposa ejemplar. Como la amante en la plenitud de la entrega que dice al final de un poema: Nadie está solo. Como la casada que se quita las esposas para emprenderla furiosa a manotazos con cacerolas y sartenes. Como una mujer con su regla y sus hormonas. Como la madre que llora y que canta, y escribe un himno voluble para ese insospechado sentimiento al que nos arroja un hijo: "Busco himnos sin complicaciones / pero el amor no los tiene", escribe Anne. ¿No es así?
"Mamá y Jack llenan el cielo; ambos endosan / mi feminidad. Cerca de tierra arriba mi barco. / Vine a esta tierra a montar mi caballo, / a tocar mi guitarra, a copiar /sus dos nombres, distintos como girasoles; a conjurar / el pan de cada día, a sobrevivir, /
de algún modo a sobrevivir". Así concluye, con un caballo Lispector, el poema de la habitación propia que la autora de Love Poems habitó bajo la lluvia.
Anne Sexton no va por partes, como nos dice aún algún hombre que lo hagamos, separando el agua clara del aceite de freír, poemas e hijas, emoción e intelecto, amor y piedad, dolor y venganza. Anne escribió con el sudor de su cuerpo y la lucidez siempre a prueba de su mente. Con todo el mundo encima de ese cuarto propio en el que murió joven. Más allá de él vive su poesía, cuchareando (verbo suyo) el agua inmóvil del silencio temeroso y de lo ya establecido, como un Campanu increíble. Ayudándonos a remontar ríos de la única forma que se puede, nadando contra corriente. Aunque a veces haya que dejarse llevar cabeza abajo para no morir en el intento.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Matrimonio con hijas

Una pareja. Una escapada fugaz, sin hijos. Un hotel lejos de la rutina. Son las pinceladas de otro de los relatos que incluye el libro Tierra acostumbrada, de la Pulitzer Jhumpa Lahiri. Como los que ya superamos los 30 hemos crecido con vientos de bonanza y cuentos de hadas, llegados a un punto no sabemos dónde poner freno al ideal, si es viable aspirar a él o deseable mantenerlo en la pared, como un paisaje alpino junto a la cómoda con fotos de familia. Es difícil saber dónde está el umbral que separa lo familiar de lo vulgar y si las ganas de príncipe pueden llegar a compensar el beso a la rana.Cursi como me veis, la cursilería ajena me provoca un acusado picor en la garganta, especialmente cuando en esa manera de sentir asoma, y es algo que ocurre muchas veces, una sensibilidad tan voluminosa como hueca, como la nube de algodón de una noche de feria. La belleza puede ser frívola, no ir más allá de unos ojos, o un patrón antropomórfico como el de Bradley Cooper, pero su impresión es siempre honda cuando el que mira sabe mirar. Aguantar bien la mirada es uno de los mayores retos que afrontamos casi a diario y su fruto puede saborearse en historias como las de Anne Tyler o Jhumpa Lahiri, que llevan la luz sobre la dura realidad con cierta indulgencia, en un examen no exento de esperanza. Lahiri habla del amor en diversas circunstancias, entre padres e hijos, entre amantes, entre culturas distintas, en la encrucijada de un matrimonio real. Ahí conduce el tercer relato que ofrece Tierra desacostumbrada, al principio de este post, a la escapada sin hijas a un acogedor hotel. La razón de esta breve huida romántica de un matrimonio normal (¿cómo saberlo?) es una boda, que en este caso se convierte en una expedición al pasado. Nosotros los de entonces ya no somos los mismos, decía Neruda abocado a una noche de ausencia. Es algo que solemos advertir, ese abismo temporal hacia lo que se ha ido, cuando vemos a viejos amigos después de mucho tiempo, en especial si hay un evento por medio, una función. Yo no soy la misma en una boda que en la playa, el trabajo de vestuario y maquillaje que hay detrás de ese espantajo con tacón y tocado Gaudí en que me convierto con tesón kafkiano para una ceremonia tiene más porte, más edad y más guión que la chica de coleta fosca que toma el aire en la playa como un lagarto pancho. La puesta en escena es necesaria en una historia, nombres, situaciones, ristras de palabras que nombran la especificidad de las cosas. "Desde fuera el hotel resultaba prometedor, como un antiguo refugio de montaña para esquiadores: fachada marrón chocolate, tejado a dos aguas muy inclinado, ribetes rojos en las ventanas". Así arranca el relato Una elección de alojamiento, en el que la boda de la atractiva Pam detona un pequeño gran conflicto de pareja entre Amit y Megan. La autora da cuenta, entre otras cosas, de la dependencia de un padre respecto a un hijo, de un estado de alerta maternal que no cesa, sino que se acentúa en la distancia, y es extrañamente compatible con la euforia de liberarse por unos días de la disciplina de la crianza. Tanto Amit como Megan se sienten cansados. Es algo que él le recrimina a ella, que siempre esté cansada. Pero hay una noche, esa noche que ellos podrían hacer especial, en la que ella quiere bailar y él no le tiende una mano; prefiere la soledad de sus pensamientos, escapar sin dar explicaciones del peso de los recuerdos de incógnito en la noche. A él  le puede la cobardía y la deja sola, en la boda de una antigua y admirada amiga de aire frívolo, con un vestido manchado en medio de una gente y un ambiente que él dejó atrás hace ya años. Pero que aún le pesa. Y del que necesita que le salve una mano solidaria, poderosa. La mano de una mujer que no ha perdido la esperanza.

domingo, 26 de mayo de 2013

La confesión de una mujer

Hace ya un par de años que está en casa, pero yo la descubrí ayer. ¿Cuánto tiempo tardamos en ver lo que miramos? Qué gran diferencia semántica entre dos verbos de partida tan próximos. A veces los días no bastan, necesitamos años para darnos cuenta (y eso si lo hacemos) de que en nuestro repetible horizonte cotidiano hay algo de valor, un tesoro emergido al mundo coloquial de la rutina.
No entraré en someras profundidades. Diré solo que, como no tengo demasiado tiempo para leer, ante el escaparate de algunas librerías y boutiques culturales de aspecto alternativo me siento presa del síndrome del comprador compulsivo. Ese que te impele a llevarte tres prendas cuando necesitas echar otras tres o cuatro del armario para aliviar su pesadez. El resultado, dejando la ropa aparte, es un acusado déficit con la literatura, libros y libros sin abrir que se van posponiendo una y otra temporada, convirtiéndose en objetivos difusos de mis tiempos libres, que son varios, breves e intensos como el buen café a lo largo del día. Una de esas lecturas que en mi casa quedaron aplazadas sin fecha es Tierra desacostumbrada, volumen de relatos de la escritora hindú-americana nacida en Londres Jhumpa Lahiri al que llegué gracias a Yolanda, de la Librería Nós. Podría decirse que el libro vino a buscarme a mí cuando yo indiqué a qué altura estaba del camino. Me precipito ahora al tercer relato de esta obra, tras una primera zambullida refrescante y una mucho mejor segunda inmersión. Me detengo aquí, en el relato Cielo e infierno, en el que el joven bengalí Pranab Kaku trunca el porvenir pasado de su estirpe al enamorarse de Deborah, una americana tipo con la que, solo un detalle, se besa en público ante el pudor de los suyos. Y ante la mirada de otra mujer. En realidad, de una mujer y una niña, madre e hija, con dos maneras encontradas de vivir en tercera persona, juez y parte, esa historia de amor mestiza. Lo que une a Pranab con su sueño americano, Deborah, es lo de menos en el relato de una autora distinguida con el Pulitzer, un romance de postal, sin los matices interiores de quienes lo viven, pues no son ellos quienes lo cuentan. La mirada desde la que nos arrojamos a esta historia dando un salto sin red entre culturas y generaciones distintas es la de la niña. Los ojos de la infancia lo cambian todo, ya sabéis. El resplandor que a veces hay en ellos es un oasis, una ilusión que no siempre encuentra el agua para crecer en tierra real. Es así en muchas ocasiones, pero eso no resta fuerza a la mirada, al contrario, le confiere una belleza capaz de desarmar al adulto engullido por la grisura habitual de la experiencia. ¿No es la ilusión la mejor manera de estar vivo? Los ojos de esa niña hindú afincada en Central Square y su admiración por Deborah pelean en el relato con la adustez de su madre. Dan como piedras en el muro de la desaprobación de esta mujer de prematura vejez que cuida la casa y vive para otros, marido e hija, y es en realidad la gran protagonista del relato. Hay una historia de suspense en cada mujer que sufre en silencio mientra pela patatas o ve a solas cada tarde una telenovela que aventura otras formas de vivir, reales o ficticias. El mal de amores prende bien en el heno, en la tierra acostumbrada. A veces, donde aparentemente no ocurre nada se consume una vida y está en juego la suerte de varias. Entre una madre y una hija hay un océano de cosas que en ocasiones se queda helado. Y, como diría Kafka, es necesaria un hacha para romper ese hielo. Una confesión que ayude a comprender el dolor soportado. O al menos a liberarlo.
(http://yovivoenella.blogspot.com.es/2011/01/jhumpa-lahiri-cielo-e-infierno.html)

jueves, 23 de mayo de 2013

Cuentos sin hadas

Portada de "Mi vida querida", de Alice Munro
Cuando una mujer escribe, la intimidad del mundo se siente atrapada. Se llama Alice Munro y los suyos no son cuentos de hadas, nada de historias ramplonas en los que las chicas se maquillan la complejidad para que la guerra de sexos resulte más clara y absurda, y donde la fantasía ofrece una salida de emergencia a lo que verdaderamente nos concierne. Alice Munro ha escrito el que será su último libro y se ha despedido con cortesía, con un dominio chejoviano de la atmósfera que nos desnuda de todo poco a poco, casi sin querer, sin ademanes que violenten la experiencia natural y sobrehumana del misterio. Yo la descubrí tarde, con la colección de relatos Demasiada felicidad, que me dejó en suspenso a la manera de un Carver misericordioso. Alice Munro no es blanda, pero habla de la dureza de la infancia, la adolescencia, la enfermedad, la vejez y la muerte con poesía. Con una sutileza de verso libre que se parece al primer amor. El amor, el pasional y el fraternal, es en el libro una herida que supura, que no se puede cerrar. "Nada en el amor cambia demasiado", escribe Munro. Y el relato se cierra, la pluma se detiene, no hay más palabras, y sin embargo no acaba. Quedan dentro tirando del hilo de nuestra propia biografía y sus alternativas la desazón, una antigua pérdida casi olvidada, la duda, la sorpresa. Los caminos por los que nos aventura Alice Munro son como los que abre un hijo, familiares, muy nuestros, y tan extraños a la vez como ese camino a casa que no se nos ha ocurrido tomar nunca. Grande es la fuerza de la costumbre, que pone el piloto automático y va adormeciendo los sentidos. Los aguza el último libro de esta escritora canadiense que recibirá el Nobel, Mi vida querida. Todo en él merece la pena, que es también alegría. Yo me quedo con el relato del salto de Caro, la historia de una madre que se vuelve hippy y se lleva a sus hijas a un nuevo estilo de vida más campestre y "natural". Pocas veces las cosas son como se ven a simple vista, la felicidad no siempre es ese pájaro libre tan seductor. Alice Munro ha llevado su escritura al meollo extraño de la vida y desde él nos cautiva, como un cuento de miedo en mitad de la noche oscura en una tribu. Hay maneras de contar que aún pueden mantenernos despiertos. Confiando en que no se acaben las palabras.

viernes, 3 de mayo de 2013

Palabras y palabros

Somos el tiempo que nos queda. Ese verso da título a una antología del último galardonado con el Cervantes. Al recoger el premio, Caballero Bonald advirtió el consuelo que ofrece la poesía, especialmente en un mundo en crisis, en el que las ventanas nos asoman cada vez un poco menos a la belleza del día laborado. La mirada hacia dentro puede ser una oración, hecha para suplicarnos a nosotros mismos fortaleza para seguir adelante, mirando lo que dejamos atrás. Solo así podrán corregirse las erratas de la historia, y en eso, según el poeta, también puede ayudarnos la poesía. Pues en ella se hace, como expresó otro escritor, la justicia de las cosas.
Hace varias primaveras, cuando aún teníamos los ojos vendados, nos reímos como hienas de las miembras que brotaron por gracia de una ministra, ¿o fue primero un ministro?, señalándolas como una malformación de género insospechada. ¿A quién se le ocurre, qué vendrá después: peritas, pilotas, soldadas y tenientas? Árbitras haberlas haylas, y también dependientas, pero cómo podría igualar un sufijo los grados y postulados de la escala militar. Para tenienta, la mujer del teniente, y a mandar en la intendencia del hogar. Si queremos ser justos, no finjamos ser ciegos. El género de las palabras excede el ámbito lingüístico, aunque operemos con el bisturí de las normas morfológicas. ¿No se rompieron por el forro con el insólito caso de modisto? Es preciso recordar que en su día a la modista le brotó por el jeto (perdón, por la jeta) una curiosa variante masculina, con el afán insepulto de dar un nuevo corte al oficio de tantas mujeres que no han pasado a la historia, y no será porque no han hecho méritos zurciendo la cotidianidad. Pero la laboriosidad es cosa distinta del talento. De partida, no suele disponer de un cuarto ni de un tiempo propios. Sigamos las costuras. ¿Por qué no sacarse de la manga un periodisto para el periodista varón, a semejanza de modisto? ¿Quizá porque el origen del oficio es más masculino que el género de la palabra? Qué palabra o qué palabro, ¡periodista!, qué rigurosa columna inspiró hace ya unos años a Pérez Reverte, académico y escritor. La indolencia puede resultar insultante, sobre todo si se ayuda de palabras a la caída, a las que se obliga a mentir por interés. El lenguaje parece haberse malversado en el ejercicio de la función pública. Y el conflicto rebasa el escollo del género. ¿Qué provoca más espanto, superado el impacto visual, un *istoria por historia, o un nazismo por escrache? Para responder no basta con recurrir al diccionario, es preciso ir más allá, a la historia misma, y también adonde habita la poesía, un vasto lugar en el que las palabras se examinan, calibran su hondura, sopesan sus matices y desechan las capas de cemento o barniz que les han ido echando encima. Ojo con las hipérboles, que pueden ser mortales. La poesía es más que un arma, piensa lo que dice, suele abstenerse de la caza de perdiz y el tiro al plato, busca la verdad. Un solo verso puede ser una advertencia sutil cargada de futuro, algo así dice un poeta. La poesía es también un alto en el camino conocido. La sorpresa en el camino transitado. Vicente Aleixandre dijo: Las palabras significan. Y otro autor advirtió que, en la literatura, la única moral es la exactitud. Defendamos la exactitud de las palabras, para que no se conviertan en sonajeros que emiten un sonido u otro según la querencia de la mano que los mueve.
No respetar el lenguaje significa empobrecer lo que somos.
Empecemos por las palabras más pequeñas, como hoy. Tiene un significado y es urgente.
Todo este tiempo que nos queda hasta la noche.
Hoy es el Día Mundial de la Libertad de Prensa.

jueves, 2 de mayo de 2013

Dulce y salada espera

"La casa era grande porque nuestros proyectos también lo eran".
Los buenos comienzos importan. También los grandes proyectos, aunque no se lleven a cabo o no terminen por convertirse en un hogar, como solía ocurrir en los ochenta. Las licencias poéticas son justas y necesarias, descubren que a veces los hechos son permeables al deseo y la voluntad de las personas. La frase en cuestión da inicio a una novela fresca, salada, diferente, que me llevé a la boca como un sarcasmo de kiwi un junio espléndido en que tenía un espléndido balón de playa por barriga. Entonces, yo estaba llena de vida por venir y John Fante, al que tal vez conozcáis por su álter ego, el antihéore Arturo Bandini, me sirvió un libro al gusto. Pese a tener buen apetito a todas horas y saltear sin complejos, ni ardores, anillas de calamar con albóndigas caldosas, el embarazo me deparó, además de 13 kilos extras, ciertas reacciones gastrointestinales a determinadas lecturas. Así como podía echarme al coleto cualquier frito, mi estómago premamá no toleraba cualquier libro. Me caían indigestas las grandes gestas épicas y esas historias de romanticismo light que una chica al uso degusta con placer en tardes primaverales hipercalóricas, comprendidas entre los polos opuestos (siempre atractivos) de un helado de vainilla y una manta de pelo. El caso es que John Fante (1909-1983), al que el poeta Charles Bukowski llegó a considerar un dios, rompió la estática del tedio al irrumpir en mi estado de ¿dulce? espera con un cuento tan grotesco como lo es, bien visto, todo lo real. En "Llenos de vida", Fante novela sobre Fante, un americano de clase media de 30 años que se gana la vida trabajando como escritor y guionista de Hollywood. He ahí un tipo felizmente casado, sobre el que de pronto se cierne la amenaza de un «bulto sinuoso, deslizante y escurridizo» ganando territorio en la barriga de su esposa, Joyce.

Sopla el aire de cine de los años cincuenta. En L.A., donde cada sueño tiene un decorado a medida, y siempre de fondo el hotel Bates, ese escéptico con raíz en los Abruzos que es John Fante afronta el embarazo de su esposa como lo que es... Él, un hombre, un ser humano normal, sin aspavientos hormonales, víctima irredenta de la revolución dermoestética e interior de la mujer que le dará su primer hijo, un heredero varón. En "Casa de verano con piscina", Herman Koch dice, o más bien lo dice su personaje, que todos los hombres desean un hijo varón, y en realidad todas las mujeres también. ¿Será cierto? ¿Acaso hay un temor oculto en mi boba fantasía de verme rodeada de tres niñas con bucles y botas de agua cantando y saltando bajo la lluvia? Fante hace del deseo del vástago una parodia quevedesca, regada con lambrusco. El personaje que borda en "Llenos de vida" es un observador acalambrado que, entre otras menudencias, advierte cómo «la desarmante zorrería de las bragas de seda» de su mujer se ve erradicada por blusas y combinaciones king size.
«Aquello era el matrimonio, aquel sepulcro, aquella vil prisión en la que un hombre impulsado por un deseo sobrehumano de ser bueno, decente e íntegro acaba haciendo el ridículo a las tres de la madrugada sin otra recompensa que la prole, y una prole ingrata por añadidura», escribe el futuro papá, encarado a un mero antojo. Frívolo, indolente, despreciable incluso, el personaje de Fante es conmovedoramente humano. Como un niño grande chafado ante un globo roto, ante un sueño cimentado sobre una colonia de termitas.
Las circunstancias pugnan con los grandes proyectos que deben anidar en la base de un hogar.
A veces solo el humor puede mantener el fuego vivo.