domingo, 25 de agosto de 2013

Gente auténtica



Cada vez me gusta más la gente que se conoce. De hecho, es el tipo de gente que más me gusta, superado ese umbral que separa las malas de las buenas intenciones como motivación de unas y otras personas. Por eso ha sido tan valioso para mí el hallazgo de Nikki Eaton, la hija indócil que sufre por su madre en la novela Mamá. Es esta una joya de Joyce Carol Oates que brilla en la oscuridad del zaguán familiar, allí donde se olvidan los disfraces antiguos con libros y apuntes viejos, con muñecos sin edad y sin un ojo, con piezas que una vez encajaron en algún sitio, todo envuelto en un CO2 de resentimiento acumulado tras años de disputas, silencios y malentendidos familiares. La familia es como una obra de Ágatha Christie. En ella solo una muerte descubre la auténtica trama, lo que hay de verdad en cada personaje involucrado. Pero a menudo, quizá por supervivencia, interpretamos piezas costumbristas, educadas en el culto a los ancestros y su plata de ley. En ellas somos actores y a la vez testigos de nosotros mismos, congelados en estáticas fotografías que decoran el mueble de la entrada. Las celebraciones familiares están bien, son necesarias, deben serlo a juzgar por lo que se repiten; todos las sufrimos y las recordamos después con una vaga nostalgia, es cierto, esa clase de nostalgia que nace más de un deseo que del recuerdo de un hecho real. Esas quedadas instituidas alrededor de un pavo relleno o un bacalao con coliflor son puestas en escena en las que aflora nuestro talento para la interpretación o bien nuestro instinto criminal. Hasta en las mejores familias a veces suceden cosas, cosas de verdad, hechos imprevistos e impactantes, que arrasan los cimientos de un hogar para ver la calidad de su estructura. Un asesinato rompe la pauta de la costumbre en esa gran novela de Joyce Carol Oates de la que hablaba al principio, Mamá, en la que Nikki Eaton se deja calar. Es una mujer extravagante que huye de la mentira, que se conoce y se atreve a mirarse de frente, sin un cojín que oculte esa parte de su vida que no quiere ver reflejada en el espejo. Siendo de papel, Nikki convence como un ser de carne y hueso, porque es tan inclasificable y tiene tantos matices como sus lectores. La entendemos, nos tiene en consideración pues no trata de engañarnos, la queremos. En cambio, Clare, la hermana perfecta de Nikki, la hija perfecta, la esposa perfecta, la que siempre hace y deshace y sabe lo que debe hacer, nos pone de los nervios desde el principio, como el zumbido de una mosca que no deja de volar de un lado a otro de nuestro cuarto. ¿Por qué no se detiene?, nos decimos. En mi vida he conocido a varias Nikkis. Gente auténtica, gente que se atreve a conocerse, que sabe que no es exactamente buena ni mala, que es tan crítica y exigente o más consigo que con los demás. Gente con fracasos asumidos y miedos al aire, con una sensibilidad extraordinaria para medirse y entender a otra gente, aunque no siempre sepa estar o qué decir. El saber estar es, en cambio, lo que domina Clare, la hermana perfecta, o más bien el estar a secas. También conozco a Clares, prácticas y diligentes, llenas de quehaceres, consejos y buenas intenciones, enérgicas, resolutivas, en apariencia seguras, pero con un severo astigmatismo para lo elemental: las emociones, la extraña naturaleza de los sentimientos que nos hacen humanos y no siempre buenos u oportunos. Me pregunto cuánto tendré de Nikki y cuánto de Clare, será tal vez según el momento. Creo que mi madre sabría decírmelo, pero nunca lo haría por no herir mis sentimientos. Así se explica el tacto de Gwen, la madre de Nikki, con su hija, un respeto hacia su libertad que va mucho más allá de no censurar su corte punk de pelo o su exigua minifalda. La comprensión silenciosa de la que una madre es capaz.

sábado, 6 de julio de 2013

Desatando cabos


Se me va el tiempo aflojando cordones. Y atando cabos. Mientras ayudo a mi hija a acomodar sus pies en unas zapatillas de esparto se me ocurre la idea que entre mis últimas lecturas hay algo en común, quizá es la respiración entrecortada que percibo en todas, como la de una persona que tiene miedo enfrentándose a ese miedo que tiene. De eso va esta historia, llevada al cine con Jeff Bridges y Kim Bassinger como protagonistas. Recuerdo la película. Creo que no llegué a verla, y sin embargo visualizo con detalle algunas escenas. ¡Qué excéntrico, diréis, recordar lo no vivido!, posiblemente Mary Shelley o las Brönte podrían explicarlo. En cuanto a mí, creo recordar incluso el día en que vine al mundo, la sensación de ahogo aquel mediodía de agosto y la pereza por desprenderme del arrorró del líquido amniótico de mi madre.
La novela Una mujer difícil nació para mí hace un mes, pese a los años que tiene. Fue una recomendación. Atraída por el título, empecé a leer: «Una noche, cuando Ruth Cole tenía cuatro años y dormía en la litera inferior, la despertaron los sonidos que produce la actividad amorosa, procedentes del dormitorio de sus padres. Era un sonido del todo nuevo para ella. Ruth había estado recientemente enferma, con una gripe intestinal, y cuando oyó por primera vez a su madre haciendo el amor pensó que estaba vomitando».
Leí con fruición, atragantándome a veces, unas 300 páginas seguidas. Sin encender más luces que la justa para entrever ciertas cosas y sin dejar de preocuparme por Ruth, una niña de 4 años rodeada de sombras espectrales. La de sus hermanos muertos de adolescentes en un accidente de coche, la de su padre (Ted) cuentista, retratista alevoso, bebedor y mujeriego, y en especial la de su madre, Marion, una mujer de belleza impactante atrapada en el limbo que se abre entre una experiencia traumática y el sentimiento de culpa. En la primera parte de esta novela de John Irving, la muerte y el amor mantienen una tensión ejemplar. Pese al excesivo dramatismo de la historia, o quizá por eso, por haber captado el autor el drama en toda su obscenidad, desde dentro, y también de este modo poco remilgado la vida de un matrimonio hecho harapos. Esa unión hecha trizas es el efecto de la erosión del tiempo, el azar y el encierro interior al que se han condenado Ted y Marion. Pese a la playa devastada en la que viven, cada uno bajo la andanada de su propio dolor, hay un instinto elemental arrojando piedras contra el cristal de la tristeza, un grito de vida que revienta el silencio feroz de la noche y el tedio de los días sin miras.
Es Eddie quien lo propicia, un adolescente con inquietudes literarias y con los imperativos físicos propios de su edad. Su iniciación en el sexo tiene algo de la antigua luz de Banville, esa calidez enfermiza de la poesía de la experiencia, el aire cargado de una habitación en la que duerme un matrimonio normal, con sus años, sus vivencias y sus silencios configurando los matices de la atmósfera.
En esas primeras 300 páginas de la novela de Irving hay tanto dramatismo como tensión. Luego Ruth Cole se hace grande y el ritmo decae. Ya nada vuelve a ser lo mismo, pero en esa primera parte del libro, un salto al vacío de la pérdida de lo que amamos, no es posible apartar los ojos del papel, de esa frase, de la chaqueta rosa de Marion, de la foto en la que se ven las piernas de sus hijos, de otras muchas imágenes, o de la destructiva obsesión de Ted por desnudar impúdicamente a las mujeres con hijos. O de la vergüenza de alguna de esas mujeres.
Cuántas zapatillas sin cordones tendremos al fondo del armario. A veces es mejor no atar cabos. De hecho, dejarlos sueltos hace que la vida se parezca a un cuento de Alice Munro, donde cada final es un principio y donde cada convicción nuestra sufre un temblor, un desplazamiento de fallas tectónicas que nos deja perplejos, inmóviles, pendulando sobre un eje: Nada es de una sola manera.

domingo, 2 de junio de 2013

En casa


Es un abrazo de mar.

Un golpe
de arena
por sorpresa.

Su sonrisa no sabe estar sentada, está escapándose siempre de su madre.

Sus ojos son de verdad, no han aprendido aún a protegerse.

Ella sabe dar
besos perfectos
que se abren como un táper.

Cuando abraza es en cambio silenciosa

y obstinada.

Tiene la hondura de un eco.

Otras veces ríe leve como si fuese una pluma.

Y parece que la música empieza
a hacerse sola.

Cuando Sofía me abraza,
me recoge,
me trae de vuelta a casa.

 
Esta es mi casa.
Mi pequeña,
mi única
certeza.

viernes, 31 de mayo de 2013

El cuarto propio de Anne

"Tengo una habitación propia. La lluvia cae sobre ella", escribe Anne Sexton. Con estos versos se inicia la lenta detonación de uno de los poemas que incluye su antología en el sello Linteo.
Anne Sexton. Su poesía completa ha sido
editada por Linteo
Anne nos lleva, a la par pero nunca de la mano, al encuentro de Virginia Woolf y otras mujeres que asumieron el reto de hacer literatura, de contar algo verdadero con esfuerzo, con el sacrificio y la consideración que exige dedicarse en serio al arte. No hay que leer su biografía para saber que Anne tuvo dos hijas. Su poesía da testimonio de esta circunstancia, crucial en la vida de toda mujer, por acomodada que esté entre cojines de plumón o de lana merina, con toda su tribu abriendo la mano y dejándose coger el brazo a veces, o por liviana o volátil que se sienta frente a la experiencia de la maternidad. Que esas madres, haberlas haylas.
En su día, con su habitual lucidez de corte práctico, Carmen Posadas escribió un artículo sobre su desconcierto ante la, a su juicio, excesiva importancia que se da ahora, en nuestro mundo, al hecho de ser madre. No se trata de algo extraordinario, advertía la escritoria, las mujeres han tenido hijos desde el principio de los tiempos y en otros lugares lo hacen al natural, sin terapia ni aceite de rosa mosqueta, ni ninguna clase de instrucciones, guías o ceremonias preparto. Sin aliento épico ni raptos místicos. Dudo que Posadas quisiera restar valor a la figura (esculpida en chicle, diría yo, viendo lo que da de sí) de la madre, solo advertir sobre el exceso de esta maternidad torrencial que nos cala hasta los huesos y nos deja frías para todo lo demás que somos como seres, como mujeres. ¿Hemos dejado de resistirnos? De las diversas facetas que confluyen y pelean en un solo ser, en una mujer, habla la poesía de Anne Sexton.
Lo hace como la niña que fue, a la que coarta su madre y que se encierra a vivir su mundo en el baño. Como la pequeña que incuba, para la posteridad de su poesía, el miedo a la perfecta quietud y el rictus grave de sus muñecas. Como la amante abandonada, doblegada de ternura y de ira hacia una esposa ejemplar. Como la amante en la plenitud de la entrega que dice al final de un poema: Nadie está solo. Como la casada que se quita las esposas para emprenderla furiosa a manotazos con cacerolas y sartenes. Como una mujer con su regla y sus hormonas. Como la madre que llora y que canta, y escribe un himno voluble para ese insospechado sentimiento al que nos arroja un hijo: "Busco himnos sin complicaciones / pero el amor no los tiene", escribe Anne. ¿No es así?
"Mamá y Jack llenan el cielo; ambos endosan / mi feminidad. Cerca de tierra arriba mi barco. / Vine a esta tierra a montar mi caballo, / a tocar mi guitarra, a copiar /sus dos nombres, distintos como girasoles; a conjurar / el pan de cada día, a sobrevivir, /
de algún modo a sobrevivir". Así concluye, con un caballo Lispector, el poema de la habitación propia que la autora de Love Poems habitó bajo la lluvia.
Anne Sexton no va por partes, como nos dice aún algún hombre que lo hagamos, separando el agua clara del aceite de freír, poemas e hijas, emoción e intelecto, amor y piedad, dolor y venganza. Anne escribió con el sudor de su cuerpo y la lucidez siempre a prueba de su mente. Con todo el mundo encima de ese cuarto propio en el que murió joven. Más allá de él vive su poesía, cuchareando (verbo suyo) el agua inmóvil del silencio temeroso y de lo ya establecido, como un Campanu increíble. Ayudándonos a remontar ríos de la única forma que se puede, nadando contra corriente. Aunque a veces haya que dejarse llevar cabeza abajo para no morir en el intento.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Matrimonio con hijas

Una pareja. Una escapada fugaz, sin hijos. Un hotel lejos de la rutina. Son las pinceladas de otro de los relatos que incluye el libro Tierra acostumbrada, de la Pulitzer Jhumpa Lahiri. Como los que ya superamos los 30 hemos crecido con vientos de bonanza y cuentos de hadas, llegados a un punto no sabemos dónde poner freno al ideal, si es viable aspirar a él o deseable mantenerlo en la pared, como un paisaje alpino junto a la cómoda con fotos de familia. Es difícil saber dónde está el umbral que separa lo familiar de lo vulgar y si las ganas de príncipe pueden llegar a compensar el beso a la rana.Cursi como me veis, la cursilería ajena me provoca un acusado picor en la garganta, especialmente cuando en esa manera de sentir asoma, y es algo que ocurre muchas veces, una sensibilidad tan voluminosa como hueca, como la nube de algodón de una noche de feria. La belleza puede ser frívola, no ir más allá de unos ojos, o un patrón antropomórfico como el de Bradley Cooper, pero su impresión es siempre honda cuando el que mira sabe mirar. Aguantar bien la mirada es uno de los mayores retos que afrontamos casi a diario y su fruto puede saborearse en historias como las de Anne Tyler o Jhumpa Lahiri, que llevan la luz sobre la dura realidad con cierta indulgencia, en un examen no exento de esperanza. Lahiri habla del amor en diversas circunstancias, entre padres e hijos, entre amantes, entre culturas distintas, en la encrucijada de un matrimonio real. Ahí conduce el tercer relato que ofrece Tierra desacostumbrada, al principio de este post, a la escapada sin hijas a un acogedor hotel. La razón de esta breve huida romántica de un matrimonio normal (¿cómo saberlo?) es una boda, que en este caso se convierte en una expedición al pasado. Nosotros los de entonces ya no somos los mismos, decía Neruda abocado a una noche de ausencia. Es algo que solemos advertir, ese abismo temporal hacia lo que se ha ido, cuando vemos a viejos amigos después de mucho tiempo, en especial si hay un evento por medio, una función. Yo no soy la misma en una boda que en la playa, el trabajo de vestuario y maquillaje que hay detrás de ese espantajo con tacón y tocado Gaudí en que me convierto con tesón kafkiano para una ceremonia tiene más porte, más edad y más guión que la chica de coleta fosca que toma el aire en la playa como un lagarto pancho. La puesta en escena es necesaria en una historia, nombres, situaciones, ristras de palabras que nombran la especificidad de las cosas. "Desde fuera el hotel resultaba prometedor, como un antiguo refugio de montaña para esquiadores: fachada marrón chocolate, tejado a dos aguas muy inclinado, ribetes rojos en las ventanas". Así arranca el relato Una elección de alojamiento, en el que la boda de la atractiva Pam detona un pequeño gran conflicto de pareja entre Amit y Megan. La autora da cuenta, entre otras cosas, de la dependencia de un padre respecto a un hijo, de un estado de alerta maternal que no cesa, sino que se acentúa en la distancia, y es extrañamente compatible con la euforia de liberarse por unos días de la disciplina de la crianza. Tanto Amit como Megan se sienten cansados. Es algo que él le recrimina a ella, que siempre esté cansada. Pero hay una noche, esa noche que ellos podrían hacer especial, en la que ella quiere bailar y él no le tiende una mano; prefiere la soledad de sus pensamientos, escapar sin dar explicaciones del peso de los recuerdos de incógnito en la noche. A él  le puede la cobardía y la deja sola, en la boda de una antigua y admirada amiga de aire frívolo, con un vestido manchado en medio de una gente y un ambiente que él dejó atrás hace ya años. Pero que aún le pesa. Y del que necesita que le salve una mano solidaria, poderosa. La mano de una mujer que no ha perdido la esperanza.

domingo, 26 de mayo de 2013

La confesión de una mujer

Hace ya un par de años que está en casa, pero yo la descubrí ayer. ¿Cuánto tiempo tardamos en ver lo que miramos? Qué gran diferencia semántica entre dos verbos de partida tan próximos. A veces los días no bastan, necesitamos años para darnos cuenta (y eso si lo hacemos) de que en nuestro repetible horizonte cotidiano hay algo de valor, un tesoro emergido al mundo coloquial de la rutina.
No entraré en someras profundidades. Diré solo que, como no tengo demasiado tiempo para leer, ante el escaparate de algunas librerías y boutiques culturales de aspecto alternativo me siento presa del síndrome del comprador compulsivo. Ese que te impele a llevarte tres prendas cuando necesitas echar otras tres o cuatro del armario para aliviar su pesadez. El resultado, dejando la ropa aparte, es un acusado déficit con la literatura, libros y libros sin abrir que se van posponiendo una y otra temporada, convirtiéndose en objetivos difusos de mis tiempos libres, que son varios, breves e intensos como el buen café a lo largo del día. Una de esas lecturas que en mi casa quedaron aplazadas sin fecha es Tierra desacostumbrada, volumen de relatos de la escritora hindú-americana nacida en Londres Jhumpa Lahiri al que llegué gracias a Yolanda, de la Librería Nós. Podría decirse que el libro vino a buscarme a mí cuando yo indiqué a qué altura estaba del camino. Me precipito ahora al tercer relato de esta obra, tras una primera zambullida refrescante y una mucho mejor segunda inmersión. Me detengo aquí, en el relato Cielo e infierno, en el que el joven bengalí Pranab Kaku trunca el porvenir pasado de su estirpe al enamorarse de Deborah, una americana tipo con la que, solo un detalle, se besa en público ante el pudor de los suyos. Y ante la mirada de otra mujer. En realidad, de una mujer y una niña, madre e hija, con dos maneras encontradas de vivir en tercera persona, juez y parte, esa historia de amor mestiza. Lo que une a Pranab con su sueño americano, Deborah, es lo de menos en el relato de una autora distinguida con el Pulitzer, un romance de postal, sin los matices interiores de quienes lo viven, pues no son ellos quienes lo cuentan. La mirada desde la que nos arrojamos a esta historia dando un salto sin red entre culturas y generaciones distintas es la de la niña. Los ojos de la infancia lo cambian todo, ya sabéis. El resplandor que a veces hay en ellos es un oasis, una ilusión que no siempre encuentra el agua para crecer en tierra real. Es así en muchas ocasiones, pero eso no resta fuerza a la mirada, al contrario, le confiere una belleza capaz de desarmar al adulto engullido por la grisura habitual de la experiencia. ¿No es la ilusión la mejor manera de estar vivo? Los ojos de esa niña hindú afincada en Central Square y su admiración por Deborah pelean en el relato con la adustez de su madre. Dan como piedras en el muro de la desaprobación de esta mujer de prematura vejez que cuida la casa y vive para otros, marido e hija, y es en realidad la gran protagonista del relato. Hay una historia de suspense en cada mujer que sufre en silencio mientra pela patatas o ve a solas cada tarde una telenovela que aventura otras formas de vivir, reales o ficticias. El mal de amores prende bien en el heno, en la tierra acostumbrada. A veces, donde aparentemente no ocurre nada se consume una vida y está en juego la suerte de varias. Entre una madre y una hija hay un océano de cosas que en ocasiones se queda helado. Y, como diría Kafka, es necesaria un hacha para romper ese hielo. Una confesión que ayude a comprender el dolor soportado. O al menos a liberarlo.
(http://yovivoenella.blogspot.com.es/2011/01/jhumpa-lahiri-cielo-e-infierno.html)

jueves, 23 de mayo de 2013

Cuentos sin hadas

Portada de "Mi vida querida", de Alice Munro
Cuando una mujer escribe, la intimidad del mundo se siente atrapada. Se llama Alice Munro y los suyos no son cuentos de hadas, nada de historias ramplonas en los que las chicas se maquillan la complejidad para que la guerra de sexos resulte más clara y absurda, y donde la fantasía ofrece una salida de emergencia a lo que verdaderamente nos concierne. Alice Munro ha escrito el que será su último libro y se ha despedido con cortesía, con un dominio chejoviano de la atmósfera que nos desnuda de todo poco a poco, casi sin querer, sin ademanes que violenten la experiencia natural y sobrehumana del misterio. Yo la descubrí tarde, con la colección de relatos Demasiada felicidad, que me dejó en suspenso a la manera de un Carver misericordioso. Alice Munro no es blanda, pero habla de la dureza de la infancia, la adolescencia, la enfermedad, la vejez y la muerte con poesía. Con una sutileza de verso libre que se parece al primer amor. El amor, el pasional y el fraternal, es en el libro una herida que supura, que no se puede cerrar. "Nada en el amor cambia demasiado", escribe Munro. Y el relato se cierra, la pluma se detiene, no hay más palabras, y sin embargo no acaba. Quedan dentro tirando del hilo de nuestra propia biografía y sus alternativas la desazón, una antigua pérdida casi olvidada, la duda, la sorpresa. Los caminos por los que nos aventura Alice Munro son como los que abre un hijo, familiares, muy nuestros, y tan extraños a la vez como ese camino a casa que no se nos ha ocurrido tomar nunca. Grande es la fuerza de la costumbre, que pone el piloto automático y va adormeciendo los sentidos. Los aguza el último libro de esta escritora canadiense que recibirá el Nobel, Mi vida querida. Todo en él merece la pena, que es también alegría. Yo me quedo con el relato del salto de Caro, la historia de una madre que se vuelve hippy y se lleva a sus hijas a un nuevo estilo de vida más campestre y "natural". Pocas veces las cosas son como se ven a simple vista, la felicidad no siempre es ese pájaro libre tan seductor. Alice Munro ha llevado su escritura al meollo extraño de la vida y desde él nos cautiva, como un cuento de miedo en mitad de la noche oscura en una tribu. Hay maneras de contar que aún pueden mantenernos despiertos. Confiando en que no se acaben las palabras.