Me escuchas?
Cuándo vas a recoger tus cosas?
Tú me entiendes?
Me oyes cuando me callo?
Me quieres?
Solo pido que te cuiden,
dijiste haciendo otra pregunta,
porque yo no voy a poder.
Estoy bien, dije temblando, y me enfadé contigo por hacerse tarde,
por el ratón que se coló dentro de mí.
Esta es mi vida, decías cuando ibas a morir.
El tiempo te arqueó la
espalda y te hiciste puente. Siempre sabías qué hacer con el dolor.
El
puente se rompió entre dos islas furiosas, anegadas de sí mismas. Pero
tú sonreías pese a todo, de una forma que no puede contarse.
El deseo es
un puente que no acaba. La voluntad de la alegría protege la tristeza
de las cosas que no pueden cambiar.
Te escucho, pido que me cuiden,
porque yo no voy a poder.
Lo veis? Aquí hubo un puente
donde ahora no hay nada.
Quizá un deseo
ahogado entre dos islas
cuyo cuerpo
seguimos
buscando
jueves, 15 de enero de 2015
martes, 13 de enero de 2015
Ana María Matute, el bosque eterno
![]() |
| Matute murió sin acabar este libro |
brillando como una luciérnaga en la noche de un desván. Malabarista de contrastes, Eva hereda un silencio familiar largo y pesado como un estigma de género, que la autora consigue traducir a palabras. El desván y la luciérnaga tienen, como el bosque, gran fuerza simbólica en la obra póstuma de Matute, una encrucijada existencial en la que aquilatar el peso de los fantasmas familiares, la soledad o el sentimiento de culpa tras el incendio de un amor prohibido. El brillo de la mirada de Matute sobre los miedos íntimos se aviva con el aire húmedo de lo que se oculta en casa, en un hogar de adultos en el que solo es posible crecer feliz aferrándose a ese otro hogar secreto que el corazón se construye de niño. Para que las piedras de la vida no amortigüen su latido.
Publicado en Fugas el 9 de enero de 2015
EL INTENSO CALOR DE LA LUNA
LA EDAD MÁS VOLUPTUOSA DE UNA MUJERA. A. | ¿No sienten en ocasiones un temblor bajo los pies? «Todo lo que nos parece seguro y sólido puede desaparecer en un instante», advierte en su última novela Gioconda Belli (Managua, Nicaragua, 1948). Vital, ardiente, vigorosa como una mujer que defiende su diferencia, que no pide permiso para mostrarse como es, El intenso calor de la luna ofrece una alternativa literaria a las sagas eróticas del escaparate. Esta es la metamorfosis de Emma, una mujer de 48 años en un mundo aparentemente seguro y feliz que arranca el relato de un cambio. Emma conduce su coche y su vida con tiento. Va mirándose por dentro, examinando los primeros indicios del supuesto «fin de su feminidad». Rompiendo tabúes, pudores y miedos más o menos velados, Belli recurre a la fantasía para visibilizar el erotismo en la madurez, la llama viva de una feminidad que se transforma con la edad. A los finales les suceden los principios, aventura Belli, que escribe ciclo menstrual sin miedo a manchar el papel y MENOPAUSIA con las mayúsculas que se le deben. En El intenso calor de la luna la autora de Escándalo de miel vuelve a dar toda su voz a una mujer. Y es el alma de su cuerpo la que habla, como un fuego en intensa comunión con el resto de la naturaleza.
Publicado en Fugas el 9 de enero de 2015
jueves, 8 de enero de 2015
La felicidad, según Yasmina Reza
Cito, en voz alta y para dentro, como una oración: «Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor. / Felices los felices». Con el Evangelio apócrifo de Borges y Yasmina Reza cerré el 2014, un año que llovió sobre mí copiosamente libros breves e intensos, como este Felices los felices de la autora que nos llevó en unas páginas de la democracia de la alegría de lo necesario de Spinoza al pesimismo profundo de Schopenhauer. Me digo que es curioso que empiece el 2015 leyendo a Milena Busquets, pues fue ella, la hija de Esther Tusquets, vieja dama indigna, quien tradujo al español En el trineo de Shopenhauer, la obra que me invitó a no perder el rastro de Yasmina Reza. Con el año nuevo he pasado página, estoy en También esto pasará, la segunda novela de Milena, un cálido paisaje recuperado en el que los instintos se convierten en palabras en memoria de la madre perdida. La pérdida, una hormigueo acuciante en las manos, la sensación de que la vida cae como el agua entre los dedos, habita también con su atmósfera extraña, como de mercurio, Felices los felices, obra en la que Yasmina Reza, esa Sartre al destape del infierno interior, invita a la aceptación de la vida, imperfecta y provisional, pero insoportable sin amor. Por más que Yasmina Reza y nuestra voluntad pretendan lo contrario.
A continuación la reseña publicada en Fugas sobre el libro el pasado día 2 de enero
LA FELICIDAD ENTRE LÍNEAS
ANA ABELENDA | «Dos seres viven juntos y su imaginación se aleja de modo cada vez más definitivo», advierte Yasmina Reza en Felices los felices. Premio Le Monde, en este solo que va mudando en su función de nombre, voz, aspecto y circunstancias, la autora de Arte nos arroja a la tela de araña que forman las relaciones cotidianas de pareja, bien sujetas al silencio compartido y a las paredes de la rutina ante el abismo del tiempo que fluye, a veces con esfuerzo. ¿Y el yo? A la deriva en la corriente de los días. Pero Reza atrapa su desazón, el destello de un sueño, los peces viscosos de las sensaciones más molestas del hombre y la mujer de hoy. Mordaz e implacablemente realista, la autora hurga en las heridas del estado del bienestar y la soledad compartida; captura en instantáneas lo efímero, sombras de la conciencia, temores y deseos superfluos y lo que más interesados estamos en dejar correr: la frivolidad humana, la discusión por un queso en la cola del súper, la espera en un oncológico, palabras torpes que decimos o escribimos por despecho, la íntima necesidad de posesión de otras personas o la percepción de las propias debilidades. Yasmina Reza entra en casa para descolgar las fotos de familia y mostrar los agujeros que han dejado en la pared; caries de una sonrisa que quizá alguna vez fue completamente blanca. Pero qué importa. Sonrían. La felicidad sabe leer entre líneas.
(Entrevista a la autora en El País:
http://elpais.com/elpais/2014/07/18/eps/1405694412_102601.html)
A continuación la reseña publicada en Fugas sobre el libro el pasado día 2 de enero
LA FELICIDAD ENTRE LÍNEAS
ANA ABELENDA | «Dos seres viven juntos y su imaginación se aleja de modo cada vez más definitivo», advierte Yasmina Reza en Felices los felices. Premio Le Monde, en este solo que va mudando en su función de nombre, voz, aspecto y circunstancias, la autora de Arte nos arroja a la tela de araña que forman las relaciones cotidianas de pareja, bien sujetas al silencio compartido y a las paredes de la rutina ante el abismo del tiempo que fluye, a veces con esfuerzo. ¿Y el yo? A la deriva en la corriente de los días. Pero Reza atrapa su desazón, el destello de un sueño, los peces viscosos de las sensaciones más molestas del hombre y la mujer de hoy. Mordaz e implacablemente realista, la autora hurga en las heridas del estado del bienestar y la soledad compartida; captura en instantáneas lo efímero, sombras de la conciencia, temores y deseos superfluos y lo que más interesados estamos en dejar correr: la frivolidad humana, la discusión por un queso en la cola del súper, la espera en un oncológico, palabras torpes que decimos o escribimos por despecho, la íntima necesidad de posesión de otras personas o la percepción de las propias debilidades. Yasmina Reza entra en casa para descolgar las fotos de familia y mostrar los agujeros que han dejado en la pared; caries de una sonrisa que quizá alguna vez fue completamente blanca. Pero qué importa. Sonrían. La felicidad sabe leer entre líneas.
(Entrevista a la autora en El País:
http://elpais.com/elpais/2014/07/18/eps/1405694412_102601.html)
lunes, 15 de septiembre de 2014
Las vidas que tenemos por delante
Sobre Las mil y una historias de A. J. Fikry, de Gabrielle Zevin, publicado en Fugas el viernes día 12
ANA ABELENDA | El azar mueve a veces con tanta gracia los hilos de nuestras vidas que parece querer decirnos algo coherente. Los porqués se nos resisten pero ahí siguen las preguntas, con sus signos-orejas aguzando el oído. Hay libros que no leemos por casualidad, que leen tanto en lo que somos o nos abren los ojos de tal manera que diríamos que han sido escritos en especial para nosotros. ¡O por un álter ego superior! De esos guiños que a veces nos hace la literatura, de la relación de necesidad que establecemos con nuestros libros favoritos habla Gabrielle Zevin (Nueva York, 1977) en su nueva novela, la séptima de una escritora que debutó a los 14, cuando se ganó un empleo en un periódico local con una carta protesta sobre un concierto de los Guns N’ Roses. En la crítica también se forja un escritor. Pero fuera acidez. Las mil y una historias de A. J. Fikry —reverencia a Sherezade— es un elogio, un homenaje a las lecturas a las que se debe un escritor. Por si acaso, la autora se cuida de advertir al final que los gustos de A. J. Fikry, el librero cascarrabias con corazón que abre la persiana de esta historia, no son los suyos. Pero será fácil para el lector coincidir con él en algunas de sus preferencias, como Un hombre bueno es difícil de encontrar, de la gran Flannery O’Connor, y sentir curiosidad por otras que aún se le escapan.
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| La autora Gabrielle Zevin |
domingo, 7 de septiembre de 2014
¿Madre perfecta o mujer real?
Nunca he sido una mujer demasiado aventurera ni una gran lectora de thrillers. Bieeen, ¡lo he dicho! Me siento casi como una Paula Daly haciendo revelar a su personaje: "Sí, siento envidia de esa mujer, me cambiaría por ella".Hay verdades que duele tanto confesar que preferiríamos trabajarnos la mentira. Hasta créernosla. De verdades amordazadas y mentiras cochinas sabe un rato el que han etiquetado como el thriller doméstico del año. Hasta se han aventurado a hacerle el compuesto femicrimen, ¿para que la novela no se quede compuesta y sin subgénero? Es posible que ¿Y tú qué clase de madre eres?, esa pregunta que se las trae, esté especialmente dirigido a mujeres, de hecho su autora así lo ha señalado, o que centre la intriga en lo que a menudo suele concernir todavía más especialmente, si no solo, a las mujeres: el hogar, sus pormenores, el peso de sus dramas cotidianos, aún silenciosos, aún silenciados. Diréis: no te equivoques, eh, no siempre es así, hemos cambiado, hombres y mujeres no compartimos mirada, gusto u opinión por razón de sexo. Pero las convenciones pesan, no pasan página tan fácilmente. En cambio, en este libro, en este thriller maternofóbico diría yo, las páginas no corren, vuelan, rozan, rasgan las vestiduras del consabido complejo de culpa, agreden pero atrapan. De pronto me he sentido devoradora de ese género supremo de la evasión que tanto pega, como una thrillera de cuidado algo naíf, por mi reciente pero fervorosa afición a autoras como Paula Daly, Gillian Flynn o Auður Ava Ólafsdóttir, que en mi estantería ocupa ya, con La excepción, un lugar en el podio. No sé por qué razón me suelen gustar más los thrillers escritos por mujeres que por hombres, en este género sin duda tengo una clara y natural inclinación lectora hacia mi propio sexo, incluso más que en la poesía. Lo llamaré una femiconfesión, porque las ridículas etiquetas facilitan las cosas.
Una pregunta abre pues un vasto e insondable territorio para abonar la intriga: el hogar, la psicología de una mujer atrapada en el juego de malabares de su maternidad.
Aquí la reseña publicada en Fugas el pasado viernes, 5 de septiembre:
Con su debut en la novela, la fisioterapeuta Paula Daly ha reventado el corsé del género a dos manos. Le ha puesto a su detective una 100 de sujetador y ha sacado a la luz los detalles que dibujan la cara doméstica de la vida. Esta es la que asoma con sus ojeras hendidas de cansancio acumulado, acusando el drama de la conciliación, en el thriller doméstico ¿Y tú qué clase de madre eres? Ante vosotros, un caso atípico de novela negra, una pregunta abierta que hurga sin pudor en el complejo maternal de culpa. Daly abre la caja de los truenos en un hogar inmerso en la crianza, rasgando el vistoso envoltorio con que llevamos la maternidad. Oímos a la realísima Lisa Kallisto, la madre trabajadora (disculpen la redundancia) que se confiesa en esta intriga a lo Gillian Flynn. Tiene tres hijos, un agotamiento crónico y un descuido mortal. La desaparición de una joven rompe la calma de un pintoresco pueblecito inglés y la moral de esa madre desbordada. En el extremo opuesto pero en el mismo vecindario, la madre perfecta, un espejo agigantando la torpeza e inseguridad común. Daly destroza estereotipos e ideales ficticios, estrecha el cerco a lo que hay tras la apariencia y nos decide a abrazar la imperfección. La realidad.miércoles, 3 de septiembre de 2014
Marta Sanz, el presente del verbo recordar
No he conocido a muchas escritoras como Marta Sanz, y eso que aún le debo varias lecturas. Hay quien dice que soy una lectora demasiado entusiasta. No sé, no sé... Creo que la mayoría de los libros no lo tienen fácil conmigo, pero cuando uno me gusta me gusta de verdad, y escribo su nombre en la intimidad de las libretas pequeñas, o hasta en la corteza de los árboles!, eso sí, quizá al lado de otros muchos que me gustan; ahí van dos, tres, cuatro, cinco, seis paladas de entusiasmo... Venga un helado artesano enorme de frutos del bosque. Mi sentido del gusto no tiene límites, es un imperio napoleónico. Pero vamos a La lección de anatomía, de Marta Sanz, uno de esos libros que me gustan de verdad.
Anagrama ofrece una nueva versión de esta obra inclasificable, que se inicia con un prólogo maestro de Rafael Chirbes. Una mujer ante los 40 abre su vida en canal ante el lector; revisa lo que ha sido y lo que es, su autenticidad con trampas y matices, salpicada de humor e imperfecciones. Marta Sanz vuelve a nacer en esta obra, en la que hace un homenaje a la madre contenido y soberbio. Esa madre se queda en nosotros como el mito creado por John Irving: Jenny Fields. Una mujer de una fuerza hercúlea, de una sensibilidad honda como la espera. Una madre común extraordinaria.
Marta Sanz vuelve a ser niña, vuelve al colegio en Benidorm, al corazón de un lugar de paso latiendo en la caja fuerte de las tiendas de souvenirs. ¿Pero cómo lo hace sin nostalgia, sin el velo de la vejez repentina que sobreviene al mirar atrás? Lo consigue, sí, regresar del todo al momento que reactiva la escritura, mirar en la forma en que lo hacía cada edad, sin condescendencia, como si cada edad hubiese escrito su propio relato. Marta no juzga a la que fue, o lo hace sin titubeos, la escribe, la deja jugar y pensar libremente, equivocarse. Desecha seguridadesy emociones infladas, ausculta complejos y prejuicios, lo que se oye tras lo que queremos decir. Parece que no quisiera gustarle al lector, emocionarlo, darse esa palmadita de autoafirmación que conlleva, sino decirle: Esta soy yo, vale? Esta es mi nariz de patata. Te recuerda a alguien?
Marta Sanz revienta de presente el verbo recordar. En su forma de contar al recuerdo se le van formando los pulmones, respira y se convierte en un reloj de rápidas manecillas que conocen bien los dos sentidos del camino y sus muchas direcciones. En esta clase magistral que Marta Sanz da desde el pupitre, la vemos como a nosotros, sorprendemos a su abuela en la bañera, oímos la cháchara de sus tías, tocamos la pena que originó el cáncer de la más hermosa de las dos. Padres, amigas, novios, gatos, profesores, alumnos, personajes de ficción, como la Demelza que le valió un mote en el instituto, tienen su sitio en esta función vital que nos concierne. Mucho más que una orla de fin de curso, como el viaje real, el
que no atrapan fotografías ni souvenirs.
Aquí una reseña sobre esta original autobiografía, publicada el viernes en Fugas.
jueves, 28 de agosto de 2014
La otra casa
Mi antigua casa viene a preguntar por mí.
El tiempo la cambió. Es otra,
como una prima carnal que se olvidó de mí.
Otra
es
mi
casa, más baja y delgada, pequeña, sin alfombras ni muebles para apoyar una mano.
No tiene pan ni palabras que decir a la ligera, habla sola en su silencio.
Es una casa con demencia senil. No sabe su enfermedad. No sabe
dónde ha dejado los juegos reunidos, las cartas de Rebeca, el mechón de pelo
del niño que me gustó como coger agua corriendo en un río, aquel disco de vinilo,
el diario donde hice por primera vez.
el amor
a la palabra.
Pero es ella, sí, sí, sí
es mi casa, esta es su forma de estar,
su cara de payaso un poco triste.
Esas son las cortinas amarillas de plumeti que estaban ahí,
y el viento que las movía
no pasó.
Esta es la cocina de chocolate donde se decían cuentos,
Sherezade, os Parramplíns, el maestro Ciruela que se fue,
la abuela que siempre se quedó.
Esta es la caja de galletas
en la que me gustaba entrar
y quedarme a comer
como en la voz de canutillo de mi madre.
Y luego dormir, dormir como despierta con el arrullo del aceite que se fríe,
el grifo abierto sobre un plato de cristal. Así llueve el tiempo para dentro.
Estos son los espejos de mi otra casa. ¿Qué piensan al mirarse en mí?
Nada, no me ven, no me sonríen con las mejores caras que les di.
Su existencia no tiene pasado.
Pero tú
sí.
Mi antigua casa ha venido a preguntarme.
No he sabido decirle dónde
estoy.
Sé el lugar que ocupaba la alacena. A veces voy a abrirla en otras casas
en el mismo lugar en el que estaba,
como un mimo acostumbrado a su ritual.
Es un mueble invisible. Un espejo del apego
de una mano.
La ventana que me abre a la casa que perdí.
El tiempo la cambió. Es otra,
como una prima carnal que se olvidó de mí.
Otra
es
mi
casa, más baja y delgada, pequeña, sin alfombras ni muebles para apoyar una mano.
No tiene pan ni palabras que decir a la ligera, habla sola en su silencio.
Es una casa con demencia senil. No sabe su enfermedad. No sabe
dónde ha dejado los juegos reunidos, las cartas de Rebeca, el mechón de pelo
del niño que me gustó como coger agua corriendo en un río, aquel disco de vinilo,
el diario donde hice por primera vez.
el amor
a la palabra.
Pero es ella, sí, sí, sí
es mi casa, esta es su forma de estar,
su cara de payaso un poco triste.
Esas son las cortinas amarillas de plumeti que estaban ahí,
y el viento que las movía
no pasó.
Esta es la cocina de chocolate donde se decían cuentos,
Sherezade, os Parramplíns, el maestro Ciruela que se fue,
la abuela que siempre se quedó.
Esta es la caja de galletas
en la que me gustaba entrar
y quedarme a comer
como en la voz de canutillo de mi madre.
Y luego dormir, dormir como despierta con el arrullo del aceite que se fríe,
el grifo abierto sobre un plato de cristal. Así llueve el tiempo para dentro.
Estos son los espejos de mi otra casa. ¿Qué piensan al mirarse en mí?
Nada, no me ven, no me sonríen con las mejores caras que les di.
Su existencia no tiene pasado.
Pero tú
sí.
Mi antigua casa ha venido a preguntarme.
No he sabido decirle dónde
estoy.
Sé el lugar que ocupaba la alacena. A veces voy a abrirla en otras casas
en el mismo lugar en el que estaba,
como un mimo acostumbrado a su ritual.
Es un mueble invisible. Un espejo del apego
de una mano.
La ventana que me abre a la casa que perdí.
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